(El Pais, 17-04-2004)
El intelectual, el artista, es el hijo mimado de la sociedad democrática, el niño bonito del Estado de bienestar de modelo europeo. Disfruta soberanamente de la libertad de expresión, y hasta se gana la vida con ella, a diferencia de la mayor parte de los ciudadanos, que no suelen ejercer ese derecho de todos, y que en cualquier caso no extraen de él beneficios de orden práctico. Sus opiniones gozan de una amplia resonancia pública, y los frutos de su trabajo, con un poco de suerte, le deparan un cierto grado de reconocimiento, o al menos la oportunidad de adquirir una situación profesional de cierto privilegio, sobre todo en comparación con la mayor parte de los asalariados.
A cambio de estas ventajas, al intelectual o artista no se le pide gran cosa en las sociedades europeas. Puede opinar sobre los aspectos más diversos de la vida pública o sobre los comportamientos privados y rara vez se le exigirá que justifique sus afirmaciones. Puede sostener las más extremadas posiciones políticas, o llevar un estilo de vida tan llamativo como le parezca, y nadie le pedirá cuentas por las
primeras ni le censurará por el segundo. Es más: cuanto más radical se manifieste en sus declaraciones, y más alejado de la norma común en su comportamiento, mayores posibilidades tiene el artista de favorecer el prestigio romántico de su figura, y hasta en ocasiones la rentabilidad comercial y la fortuna crítica de sus obras.
Me refiero, desde luego, al intelectual o artista de modelo europeo continental, o más exactamente francés, que es el vigente en España, y que es una mezcla, o el punto intermedio, entre dos modelos del todo ajenos entre sí: el del sistema soviético y el del mercado libre. En el sistema soviético, el intelectual gozaba de una protección perfecta por parte del Estado, a condición, como se sabe, de una servidumbre absoluta a la ortodoxia ideológica oficial, y de una activa vocación delatora.
Escribo en pasado, pero ese modelo soviético permanece vigente en Cuba, y por lo que cabe suponer, en Corea del Norte. Al escritor, las editoriales del Estado le publicarán sus libros; al pintor, las instituciones culturales pertinentes le organizarán exposiciones de sus cuadros; el músico verá estrenadas sus obras, y todos
disfrutarán de una vida ajena a los sobresaltos del mercado y a la posible indiferencia del público: cómodos puestos administrativos, sin mucha esperanza de prosperar, pero sin el miedo a la incertidumbre laboral o económica; vivienda barata o gratuita, vacaciones, incluso viajes controlados al extranjero.
El modelo soviético ofrecía protección sin libertad, acompañada de una cierta aura sacerdotal: el norteamericano, libertad sin protección, y sin aura. Salvo casos muy excepcionales, -y muy poco representativos -Noam Chomsky, Susan Sontag-, el intelectual a la manera europea no existe en Estados Unidos. Un escritor escribe libros, un pintor pinta cuadros, un cineasta hace películas, un actor interpreta personajes en el cine o en el teatro, pero a ninguno de ellos se le atribuyen especiales cualidades ajenas al campo de su especialidad profesional. Woody Allen lo ha dicho muchas veces, para desconcierto de sus admiradores europeos: "Yo hago películas, no soy un intelectual". El artista de escuela norteamericana raramente se
manifiesta en público, y si lo hace no es en virtud de las cualidades o las prerrogativas especiales que le concedería su oficio, sino de su condición de ciudadano. Los escritores no suelen publicar artículos de opinión en los periódicos, ni firman columnas regulares, ni manifiestos políticos. El mercado determina una separación casi absoluta entre el reconocimiento artístico y la difusión comercial:
muy pocas veces un libro puramente literario aparece o llega a consolidarse en la lista de los más vendidos de The New York Times.
El artista trabaja en una incertidumbre con muy pocos asideros, porque las ayudas oficiales a la creación son escasas o nulas, y el mecenazgo privado suele volcarse sobre valores seguros. El refugio más común, sobre todo para el literato, son las universidades, en las que, con mucha constancia y grandes dosis de conformidad a las ortodoxias o a las modas ideológicas del momento, se puede conseguir algo rarísimo
en el duro mercado laboral norteamericano, el valioso tenure, la plaza en propiedad, el trabajo seguro para toda la vida: las ventajas de la protección y las de la libertad, al precio de la irrelevancia pública -no hay conexión de ningún tipo entre los departamentos universitarios de humanidades y el mundo real- y del acomodamiento al que aludí antes, que no es con los valores dominantes de la sociedad en general, sino de esa otra sociedad rara y circunscrita que sólo existe en las universidades, y que se rige por los principios más estrictos de corrección política, no sin grave perjuicio para la libertad de pensamiento y de expresión.
Asombrosamente, el intelectual europeo reúne todos los privilegios del sistema de protección y, a la vez, todos los del liberal, la seguridad soviética sin censura y la libertad norteamericana sin irrelevancia civil y sin la cruda angustia del mercado. A casi nadie le regalan nada, desde luego, y más difícil todavía que publicar, dirigir una película, estrenar una obra de teatro o una partitura o exponer en una galería de arte, es ganarse dignamente la vida con cualquiera de esos oficios, o encontrar un público considerable, entendido y atento, sobre todo en un país como España, donde la penuria del sistema educativo debilita todavía más el escaso arraigo
y solidez de las instituciones culturales. Y, sin embargo, hay lectores para muchos libros y espectadores de cine y de teatro, y público para los conciertos más diversos, y con mucha frecuencia la escasez o la falta de público viene compensada por las ayudas oficiales, que complementan o incluso suplen por completo las imitaciones de la iniciativa comercial.
En España, y en mayor medida en casi toda la Europa del bienestar, las instituciones públicas apoyan, subvencionan o financian por completo innumerables productos culturales, desde ciclos carísimos de ópera a películas, compañías teatrales, orquestas sinfónicas, hasta modestas colecciones de la literatura más minoritaria, otorgan ayudas para creadores jóvenes, sostienen las experimentaciones artísticas
más radicales, y con mucha frecuencia se convierten en exclusivos compradores de sus resultados.
En Europa, a diferencia de en Estados Unidos, hay un consenso según el cual la cultura es un bien público del mismo rango que la educación o la sanidad, y no puede abandonarse a las leyes estrictas del mercado. Cajas de ahorros, ayuntamientos, gobiernos autonómicos, compiten entre sí para volcar dinero en proyectos culturales, se convierten en editores, en promotores de espectáculos, en organizadores de ciclos de conferencias, en mecenas de las artes plásticas, en productores de cine y de televisión, en empresarios periodísticos. En muchos casos, la protección alienta el clientelismo político, pero, como el poder que la ofrece no es un bloque, a la manera soviética, sino un entramado plural, se pueden escamotear unas lealtades a cambio de
otras, o incluso disfrutar simultáneamente del mercado cautivo de la Administración y del éxito comercial, del oficialismo y de la rebeldía.
Esto último es muy importante para el intelectual o el artista a la europea, a la española. Al fin y al cabo, su figura tiene un origen glorioso, que viene del Romanticismo -Byron, el poeta que lucha por la libertad de los griegos; Baudelaire y Rimbaud, enemigos a muerte del convencionalismo de la burguesía- y alcanza su primera plenitud en la valiente disidencia contra lo establecido de Émile Zola.
El intelectual europeo disfruta de libertades que nadie pone en duda y de privilegios que no están al alcance de la mayoría de sus conciudadanos, pero al mismo tiempo aspira a conservar el aura del rebelde o el profeta y la dignidad del perseguido. A Baudelaire y a Flaubert sus obras les costaron procesos por escándalo, Picasso pasaba
hambre y frío en su estudio del Bateau Lavoir, a Stravinsky quisieron lincharlo en el estreno de La consagración de la primavera, Ossip Mandelstam perdió la vida por escribir un poema contra Stalin, Ionesco y Beckett estrenaron sus primeras obras en sótanos insalubres de París: el artista europeo vindica para sí el heroísmo de todos estos ejemplos, y aunque no padezca ninguna de las incomodidades que otros
sufrieron por hacer lo que querían, tampoco considera que deba agradecer las ventajas que disfruta, ni que deba renunciar a ninguna para celebrarse a sí mismo como un disidente, incluso para denunciar una opresión imaginaria que le es imprescindible para alimentar su confortable narcisismo, y que además, precisamente por ser imaginaria, no le causará ningún quebranto.
Al poeta Raúl Rivero o al periodista marroquí Alí Lmrabet, por ejemplo, reclamar la libertad para sus países les ha costado ir a la cárcel: en España, mientras tanto, es posible usar cómodamente la libertad para asegurar que no existe, o que está en peligro, y esa declaración le valdrá a quien la hace una satisfacción personal
inmediata y hasta un aura de prestigio, sin que eso le impida ejercer su trabajo y hasta recibir la subvención para su obra del Estado contra el que se declara en rebeldía.
Éste es un rasgo paradójico del intelectual europeo, que se repite con frecuencia en el profesor universitario norteamericano: su trabajo, su vida misma, se sostienen gracias a un sistema de libertades, de garantías jurídicas y derechos que son exclusivos de la democracia avanzada, y que no existen ni han existido en ningún otro sistema político o social; y sin embargo, con abrumadora frecuencia, el
intelectual se declara adversario o enemigo de ese mismo sistema, y no
sólo critica sus errores, sus debilidades o sus corrupciones, reales o
ficticios, con un ahínco extremado, sino que
celebra como modelos alternativos y más justos regímenes políticos,
culturales y económicos en los cuales la inmensa mayoría de la
población sobrevive en condiciones lamentables, y en los que él mismo
sufriría una amenaza continua de precariedad o persecución.
Con parecida inconsecuencia, el intelectual se beneficia en grado extremo del progreso tecnológico, pero suele declararse partidario y nostálgico de un estado roussoniano de naturaleza que él viste distraídamente de ecologismo, o de amor por culturas primitivas; y aunque no suele estar dotado para la fuerza física, y vive de cosas tan inocuas como las palabras o las imágenes, se deja fácilmente seducir por la violencia política.
Es cierto que la democracia siempre es imperfecta, que la injusticia social y la corrupción convierten muchas veces en entelequias los derechos civiles y la igualdad jurídica de los ciudadanos; también es cierto que el poderoso tiende a buscar la perpetuación de su dominio, y a utilizar la posición que ha obtenido en virtud del voto popular para beneficiarse a sí mismo o manejar influencias.
El gran hallazgo de las socialdemocracias europeas y de quienes pusieron en marcha el New Deal en Estados Unidos fue la búsqueda de un equilibrio entre el respeto a la vitalidad económica delmercado y de la libre iniciativa, y los controles sociales y políticos necesarios para evitar desastres como los que trajo consigo la crisis de 1929. La democracia es un proceso terrenal y azaroso, y no promete paraísos como los de las religiones y los de las ideologías totalitarias, que tantas veces acaban en la esclerosis burocrática, en las hogueras y en los campos de concentración.
La ciudadanía estuvo restringida al principio a los varones propietarios y blancos, y poco a poco, revuelta tras revuelta, desde la revolución de 1848 hasta las luchas por los derechos civiles en los años sesenta del siglo pasado, se fue extendiendo hasta culminar en la magnífica sublevación a favor de la igualdad de las mujeres y los
homosexuales. Quedan muchas zonas de discriminación todavía, y ninguna libertad conquistada lo es incondicionalmente y para siempre. Pero la realidad es, si se mira con los ojos abiertos, que no hay sociedades más abiertas, más igualitarias y más tolerantes que las occidentales.
Y sin embargo, ¿cuántos intelectuales, cuántos artistas occidentales del siglo XX y de lo que va del XXI han afirmado en voz clara y alta algún tipo de lealtad hacia la democracia? ¿Cuántos de los que justamente deploran las crueldades del capitalismo o denuncian los abusos de la autoridad en los Estados democráticos han alzado su
protesta contra las tiranías del antiguo bloque comunista, o contra la brutalidad y la corrupción de muchos regímenes africanos o asiáticos a los que se concedió desde los años sesenta la gloria incondicional del anticolonialismo, y que tienen una responsabilidad tan grave en la ruina de sus propios países?
La democracia política y el Estado de bienestar se basan en cautelas y garantías legales, en el recelo hacia las posiciones absolutas, en la limitación y el equilibrio de poderes, en la exclusión de la fuerza: pero los intelectuales, históricamente, han celebrado con mucha frecuencia regímenes dictatoriales y a héroes sanguinarios, han rendido homenaje a tiranos que les parecían exóticos al mismo tiempo que denostaban o ridiculizaban a los dirigentes democráticos de sus
propios países, incluso han mostrado una perfecta indiferencia y una falta de solidaridad asombrosa ante los sufrimientos de colegas suyos perseguidos en esos países a los que ellos mismos viajaban -algunos viajan todavía- como invitados de honor. A Néstor Almendros, cuando se exilió de Cuba en los años sesenta, perseguido por su disidencia política y estética y su condición homosexual, muchos de sus amigos
antifranquistas y homosexuales de Barcelona le retiraron el saludo, llamándolo gusano. Lo cuenta Terenci Moix en un capítulo de sus memorias admirables.
Y no me olvido de la rechifla general con que recibimos las personas progresistas en los años setenta la visita a España de Alexandr Solzenitsyn, que ya mostraba síntomas de delirio religioso o místico, pero que había levantado a solas, durante muchos años, uno de los mayores y más rigurosos testimonios contra los crímenes del
totalitarismo. Lo que en toda Europa estaba siendo el comienzo de un debate imprescindible sobre la responsabilidad política del intelectual, aquí se resolvió con unos cuantos chistes, con las habituales excomuniones o muecas de desdén. Hasta alguien tan lúcido como Juan Benet no se resistió a hacer la broma de que el peor delito del régimen soviético era haber dejado en libertad a Solzenitsyn. Así nos va.
Da la impresión de que casi no tenemos ideas, sólo desgastadas consignas, para hacer frente a estos tiempos sombríos en los que el orden internacional está siendo mangoneado por una superpotencia arrogante, belicista e inepta, mientras Europa no parece dispuesta a ponerse a la altura de sus responsabilidades globales, y en los que un terrorismo de una escala y una crueldad que no habían existido nunca
se ha convertido en la vanguardia sanguinaria de los más feroces fanatismos ideológicos, alzados en pie de guerra no contra la injusticia del mundo, sino contra las libertades y las normas en las que se basa la vida diaria de cada uno de nosotros, contra todo lo que se ha ido conquistando en estos últimos dos siglos en espacios no muy amplios de Europa, de Asia y de América: la igualdad entre hombres y
mujeres, el derecho a decidir la propia vida sin mediaciones religiosas, a elegir las propias costumbres, a disfrutar las garantías de la ley. Todas las cosas que tanto benefician al intelectual del modelo europeo, y que él tan pocas veces se ha comprometido en defender, gustándole tanto la palabra compromiso.
Nota del Protestón: hay que esforzarse en recuperar a los clásicos, y este artículo sin duda lo es.
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domingo, abril 25, 2010
viernes, septiembre 21, 2007
Jesucristo Superstar versión Arafat
Soy devoto - en el sentido laico de la palabra - de JC Superstar. La he visto taitantas veces y escuchado en multitud de versiones. Me parece la obra magna de sus autores (A. L. Webber como compositor y Tim Rice como letrista) y, por tanto, algo digno del mayor de los respetos. De ahí mi sorpresa cuando en una crítica sobre la versión recién estrenada en Madrid me encuentro con la siguiente perla:
Supongo que esto va en la misma línea de los montajes actuales de ópera donde Carmen de Bizet, pongamos por caso, es una prostituta de Amsterdam que participa en un "reality show" y Don José es el productor del programa - homosexual encubierto - que se enamora locamente de ella pero mantiene una relación secreta con el torero; condición indispensable es que las cigarreras canten con los pechos al aire y vayan vestidas con trajes sado-maso.
Pues nada, una entrada cara y un viaje que me ahorro.
P.D: en un caso análogo, me encuentro con que la nueva temporada de "Cuéntame" se inaugura con la introducción del penúltimo Alcántara que quedaba - Carlitos - en el apasionante mundo del antifranquismo y la lucha obrera escolar (falta la niña pequeña, que estará a punto de liarla en la guardería, supongo). Lo que uno se plantea es que, si ese es el presunto reflejo de la familia media española de la época, cómo es que Franco murió en la cama. Desde la izquierda siempre se ha criticado que esta serie está edulcorada. Ahora ya no lo está: es simplemente mentira.
Más aciertos de esta nueva producción: una hábil e intencionada ambientaciónLo cual demuestra dos cosas: que el articulista no debe de conocer la obra original y que el responsable del montaje, aparte de no haber entendido un pijo del sentido de la historia ni del contexto real de la Palestina del siglo I, es un memo. Huelga decir que me parece evidente la poca fortuna de los presuntos paralelismos; si no es su caso, le recomiendo que empiece por ver la película y lea un poquito sobre la historia de Israel.
actual en la que judíos (el Sanedrín) y palestinos (los apóstoles) viven bajo el
dominio del «amigo» americano (los romanos), personificado en un Poncio Pilatos
de reconocible uniforme estadounidense, con un muro de la vergüenza como fondo
que nos sitúa en la Jerusalén actual.
Supongo que esto va en la misma línea de los montajes actuales de ópera donde Carmen de Bizet, pongamos por caso, es una prostituta de Amsterdam que participa en un "reality show" y Don José es el productor del programa - homosexual encubierto - que se enamora locamente de ella pero mantiene una relación secreta con el torero; condición indispensable es que las cigarreras canten con los pechos al aire y vayan vestidas con trajes sado-maso.
Pues nada, una entrada cara y un viaje que me ahorro.
P.D: en un caso análogo, me encuentro con que la nueva temporada de "Cuéntame" se inaugura con la introducción del penúltimo Alcántara que quedaba - Carlitos - en el apasionante mundo del antifranquismo y la lucha obrera escolar (falta la niña pequeña, que estará a punto de liarla en la guardería, supongo). Lo que uno se plantea es que, si ese es el presunto reflejo de la familia media española de la época, cómo es que Franco murió en la cama. Desde la izquierda siempre se ha criticado que esta serie está edulcorada. Ahora ya no lo está: es simplemente mentira.
viernes, junio 22, 2007
Ay, torito guapo
Yo es que no escarmiento. Si hay una actitud irresponsable y perniciosa en Internet es dedicarte a leer los comentarios que deja el personal en los foros de la prensa digital. Lo que caracteriza a la Red, entre otras cosas, es que hasta el más pintado se puede meter en uno de estos sitios o hacer un blog y pontificar desde la más supina de las ignorancias. Incluso yo. Luego cierras tus sesudas aportaciones con "No a la guerra" o "Salud y república" y quedas como un rey, valga la contradicción.
La inteligencia ajena se merece un cierto respeto: documentarse, razonar con lógica, cuidar las formas. Ahora, en esta moda que siempre retorna de replantearnos nuestras presuntas esencias patrias, le toca el turno a las corridas de toros, antes Fiesta Nacional y ahora no se sabe muy bien qué. Verán ustedes: yo no soy taurino. He visto una corrida en mi vida - un festival benéfico - y un buen puñao de ellas por la tele. Digamos que el espectáculo, en su conjunto, me aburre, pero entiendo sus reglas básicas y no discutiré que le veo la estética a una buena faena. Lo gracioso de esta moda antitaurina es que la inmensa mayoría de los que se muestran furibundamente en contra no entienden ni papa de lo que pasa en un ruedo. Para ellos los toreros son asesinos y los aficionados unos desequilibrados carpetovetónicos que disfrutan de la tortura de un animal. O sea, según esto el fútbol son veintidós tíos en calzón corto pegando patadas a un cacho de cuero y una sinfonía son cien personas haciendo ruidos con trozos de metal y madera.
Los hechos estéticos son subjetivos. Entiendo que mucha gente no le encuentre la belleza por ningún lado a la lidia de un toro bravo o bien, aunque sí lo consiga, el espectáculo le resulte demasiado sangriento como para disfrutar de él. Lo veo razonable. Ahora bien, para ser antitaurino, lo que se dice antitaurino, lo único coherente es ser vegetariano. Me explicaré. Resumidamente, la vida de un toro bravo (macho) consiste en cuatro años de cuidados y aire libre más veinte minutos de muerte estresante y dolorosa. Se les cría para ello y por ninguna otra razón. O sea, el toro vive más y mejor que cualquier animal comestible con el que lo compares. Eso no admite muchas discusiones. En cuanto a su muerte, no la encuentro necesariamente peor que la de un centollo al que cocemos vivo, un cerdo acuchillado por la garganta hasta desangrarse, una oca con el hígado hipertrofiado o un atún asfixiado fuera del agua tras sacarlo con garfios de una almadraba. La diferencia está en que la muerte del toro la vemos y la del cerdo ibérico no.
Dicho esto, lo siguiente es aclarar que al toro no se le maltrata en el ruedo porque sí. Las puyas y las banderillas son necesarias para que se pueda llegar al último tercio en las condiciones adecuadas. Respecto a la suerte de matar, a esas alturas poco importa si lo mata el torero o se hace fuera de la plaza, porque el toro ya está medio muerto. Que es sangriento, sí. Que para mucha gente es desagradable, por supuesto. Que es una tortura sin sentido, radicalmente no, siempre y cuando - y me repito más que un bocadillo de chícharos - se tenga cierta apertura de mente para admitir que muchos ven arte y belleza en esa danza entre el toro y el torero.
Ecológicamente hablando, la supresión de las corridas de toros nos llevaría a interesantes disquisiciones. ¿Qué hacemos con el toro bravo? ¿Cogemos a un par de ejemplares de cada ganadería y los metemos en un zoológico? ¿Subvencionamos a los ganaderos para que conviertan sus dehesas en reservas naturales? ¿Nos llevamos a los toros a Doñana, a ver qué tal se integran? Lo divertido del caso es que algún antitaurino de pro me ha llegado a contestar sobre el particular argumentando que si el toro de lidia se tiene que extinguir, que se extinga, lo cual demuestra su preocupación por la especie. Otro más avispado ha ido más allá, razonando que a su jardín vienen los gorriones y nadie los cuida, y eso que seguro que no ha leído el Evangelio. Supongo que los efectos en el ecosistema de un bicho de seiscientos kilos con unos cuernos así de grandes serán algo más notables que el de un tierno pajarillo, pero para qué vamos a ponerle puertas al campo. Tampoco quiero yo pecar de intransigente.
En fin, Serafín. Spain is different. Incluso sin corridas de toros.
La inteligencia ajena se merece un cierto respeto: documentarse, razonar con lógica, cuidar las formas. Ahora, en esta moda que siempre retorna de replantearnos nuestras presuntas esencias patrias, le toca el turno a las corridas de toros, antes Fiesta Nacional y ahora no se sabe muy bien qué. Verán ustedes: yo no soy taurino. He visto una corrida en mi vida - un festival benéfico - y un buen puñao de ellas por la tele. Digamos que el espectáculo, en su conjunto, me aburre, pero entiendo sus reglas básicas y no discutiré que le veo la estética a una buena faena. Lo gracioso de esta moda antitaurina es que la inmensa mayoría de los que se muestran furibundamente en contra no entienden ni papa de lo que pasa en un ruedo. Para ellos los toreros son asesinos y los aficionados unos desequilibrados carpetovetónicos que disfrutan de la tortura de un animal. O sea, según esto el fútbol son veintidós tíos en calzón corto pegando patadas a un cacho de cuero y una sinfonía son cien personas haciendo ruidos con trozos de metal y madera.
Los hechos estéticos son subjetivos. Entiendo que mucha gente no le encuentre la belleza por ningún lado a la lidia de un toro bravo o bien, aunque sí lo consiga, el espectáculo le resulte demasiado sangriento como para disfrutar de él. Lo veo razonable. Ahora bien, para ser antitaurino, lo que se dice antitaurino, lo único coherente es ser vegetariano. Me explicaré. Resumidamente, la vida de un toro bravo (macho) consiste en cuatro años de cuidados y aire libre más veinte minutos de muerte estresante y dolorosa. Se les cría para ello y por ninguna otra razón. O sea, el toro vive más y mejor que cualquier animal comestible con el que lo compares. Eso no admite muchas discusiones. En cuanto a su muerte, no la encuentro necesariamente peor que la de un centollo al que cocemos vivo, un cerdo acuchillado por la garganta hasta desangrarse, una oca con el hígado hipertrofiado o un atún asfixiado fuera del agua tras sacarlo con garfios de una almadraba. La diferencia está en que la muerte del toro la vemos y la del cerdo ibérico no.
Dicho esto, lo siguiente es aclarar que al toro no se le maltrata en el ruedo porque sí. Las puyas y las banderillas son necesarias para que se pueda llegar al último tercio en las condiciones adecuadas. Respecto a la suerte de matar, a esas alturas poco importa si lo mata el torero o se hace fuera de la plaza, porque el toro ya está medio muerto. Que es sangriento, sí. Que para mucha gente es desagradable, por supuesto. Que es una tortura sin sentido, radicalmente no, siempre y cuando - y me repito más que un bocadillo de chícharos - se tenga cierta apertura de mente para admitir que muchos ven arte y belleza en esa danza entre el toro y el torero.
Ecológicamente hablando, la supresión de las corridas de toros nos llevaría a interesantes disquisiciones. ¿Qué hacemos con el toro bravo? ¿Cogemos a un par de ejemplares de cada ganadería y los metemos en un zoológico? ¿Subvencionamos a los ganaderos para que conviertan sus dehesas en reservas naturales? ¿Nos llevamos a los toros a Doñana, a ver qué tal se integran? Lo divertido del caso es que algún antitaurino de pro me ha llegado a contestar sobre el particular argumentando que si el toro de lidia se tiene que extinguir, que se extinga, lo cual demuestra su preocupación por la especie. Otro más avispado ha ido más allá, razonando que a su jardín vienen los gorriones y nadie los cuida, y eso que seguro que no ha leído el Evangelio. Supongo que los efectos en el ecosistema de un bicho de seiscientos kilos con unos cuernos así de grandes serán algo más notables que el de un tierno pajarillo, pero para qué vamos a ponerle puertas al campo. Tampoco quiero yo pecar de intransigente.
En fin, Serafín. Spain is different. Incluso sin corridas de toros.
lunes, febrero 05, 2007
La bandera, mamarrachos

A ver si lo he entendido bien. Se hace una manifa de apoyo al gobierno y al "proceso de paz" y sólo aparecen banderas de Ecuador y tricolores, con la asistencia de la plana mayor del PSOE y del progresismo no-a-la-guerra-rosas-blancas-nunca-mais. Organiza otra el Foro de Ermua en contra de la negociación, secundada por el PP, y resulta que el bosque de banderas españolas y el himno nacional al final es, según el Gobierno, una clara utilización partidista de los símbolos comunes por parte de quien, por otra parte, no ha convocado la manifestación. Y eso a pesar de que el Foro (fundado y sostenido, entre otros, por notables personalidades del PSE antes de que el sector Redondo Terreros fuera expulsado a las tinieblas exteriores) ha explicado claramente que la bandera y el himno forman parte de sus actos, empezando por los del País Vasco, porque representan exactamente aquello por lo que luchan: el derecho a sentirse españoles sin que los persigan por ello. Bueno, siendo sinceros, Pepe Blanco y compañía han sido extremadamente benevolentes; el ínclito señor Portabella (ERC, ayuntamiento de Barcelona) ha advertido que el PP intenta dar "un golpe de estado encubierto" por la utilización del himno al final de las manifestaciones "donde no se apoya el diálogo". Vamos, que hay más tontos que ollas; lo peligroso es tenerlos en el poder.
Siendo sinceros, la bandera española debe de ser de las pocas en el mundo civilizado cuyo uso y disfrute resulta sospechoso excepto en los eventos deportivos. Todavía queda mucho mentecato que la tacha de franquista, aunque para ello habría que remontar al Caudillo hasta los tiempos de Carlos III. Otro sector, aproximadamente coincidente con el anterior, considera mucho más apropiado salir a manifestarse con banderas tricolores, tan constitucionales como la del aguilucho e igual de respetuosas con la forma de Estado con que los españoles no hemos dotado desde la Transición. Last but not least, está el nutrido colectivo que porta ikurriñas y senyeras hasta para ir a mear.
Así que, resumidamente, si la izquierda prefiere la bandera republicana y los nacionalistas las de sus terruños, el que saca una rojigualda a la calle ya se sabe donde se encuadra: en la derechona irredenta que quiere hacer uso partidista de los símbolos comunes. Cuando lo que realmente cabría preguntarse es por qué los demás no la usan, cuando a todos abarca y a nadie debería molestar. Pues precisamente por eso: porque se ve que molesta. Dicho de otra forma: los que deberían dar explicaciones de por qué enarbolan otras banderas que ni son de todos ni vienen a cuento son los que prescinden de la roja y amarilla. Pero como esto es el mundo al revés, los sospechosos son los "normales". Los de la AVT y el Foro de Ermua son los malos, y Juana de Chaos y Otegi los buenos que están en el proceso, abiertos al diálogo y a la paz entre los pueblos. La paz de los cementerios, supongo.
martes, octubre 03, 2006
Leonor no reinará
Creo que tanto la Familia Real como los políticos y constitucionalistas se pueden tranquilizar respecto a la modificación de la Carta Magna en cuanto a la sucesión monárquica y la derogación de la ley sálica. Mi opinión es que Felipe VI será nuestro último rey, con lo que tanto da si la cambian como si no. De un tiempo a esta parte, hay un runrún republicano (o antimonárquico, según se mire), creciente y cada vez más visible, con el aplauso y connivencia - más o menos disimulada - de todos los partidos de izquierda y de los nacionalistas. Cualquiera que se dé una vuelta por Internet se dará cuenta de esto diáfanamente.
No tengo nada contra la república, pero vivo en una monarquía parlamentaria que funciona razonablemente, y cuando no lo ha hecho no ha sido por culpa del Rey sino de los gobiernos. Así que este pim-pan-pum no me place ni mucho ni poco, porque es errar el tiro. Es ocioso intentar explicar al respetable las funciones y la utilidad de una monarquía parlamentaria o al menos, de la nuestra. No es sencillo y no me apetece. El que quiera, que lea esto, no creo que pueda expresarme mejor y me ahorro tener que extenderme en argumentos. Lo que me preocupa no es que el pueblo soberano prefiera o acabe prefiriendo una república, sino la supina ignorancia de las obligaciones y méritos de la Familia Real (de la española, no la de Mónaco o la de Swazilandia) que se demuestra en los foros de la red. Para preferir una república, lo primero es conocer las otras opciones, y quien más quien menos se piensa que el Rey se levanta a las 12 del mediodía y se da una vuelta en moto. Aunque tampoco se le puede pedir mucho a la gleba cuando el propio parlamento, al albur de los nuevos tiempos que corren de des-memoria histórica, ha puesto el papel del Rey en el 23-F a la misma altura que el de los bedeles de la Facultad de Psicología de la Complu, por poner un caso. Supongo que no será tan malo el invento cuando lo compartimos con Gran Bretaña, Suecia o Dinamarca, países todos atrasados e incultos, no como nosotros.
Sugiero como ejercicio que miren los comentarios a este post en el blog de Victoria Prego. Es sólo un botón de muestra de que en Internet es imposible hablar bien de la Familia Real. Los argumentos (cuando son tales y no caen directamente en la injuria) siempre se parecen, y curiosamente, junto a la figura del republicano convencido ha aparecido la del monárquico anti-Letizia. Así que la Institución está acosada desde ambos extremos. Creo que el futuro a medio plazo del actual príncipe será la abdicación, dudo que ni él ni su mujer estén por la labor de reinar a contrapelo. Ni puñetera falta que les hace. Como dije en el artículo en que me auto-cito más arriba, el agradecimiento no se hereda. Con Juan Carlos I desaparecerán los juancarlistas y quedaremos sólo republicanos y monárquicos, y éstos son minoría.
Dice un amigo mío que la forma de acabar con las telarañas es matar a las arañas (refiriéndose a los reyes, claro). A eso contesto que las arañas también tienen una utilidad, como eliminar bichos más molestos y peligrosos. Sólo de pensar que la más alta institución del Estado acabe siendo alguien como ZP o como el Aznar de los últimos años se me pone la carne de gallina.
En definitiva, no es el republicanismo el que me molesta, sino la desmemoria, la ignorancia y la mala leche. Aunque no sé de qué me sorprendo.
No tengo nada contra la república, pero vivo en una monarquía parlamentaria que funciona razonablemente, y cuando no lo ha hecho no ha sido por culpa del Rey sino de los gobiernos. Así que este pim-pan-pum no me place ni mucho ni poco, porque es errar el tiro. Es ocioso intentar explicar al respetable las funciones y la utilidad de una monarquía parlamentaria o al menos, de la nuestra. No es sencillo y no me apetece. El que quiera, que lea esto, no creo que pueda expresarme mejor y me ahorro tener que extenderme en argumentos. Lo que me preocupa no es que el pueblo soberano prefiera o acabe prefiriendo una república, sino la supina ignorancia de las obligaciones y méritos de la Familia Real (de la española, no la de Mónaco o la de Swazilandia) que se demuestra en los foros de la red. Para preferir una república, lo primero es conocer las otras opciones, y quien más quien menos se piensa que el Rey se levanta a las 12 del mediodía y se da una vuelta en moto. Aunque tampoco se le puede pedir mucho a la gleba cuando el propio parlamento, al albur de los nuevos tiempos que corren de des-memoria histórica, ha puesto el papel del Rey en el 23-F a la misma altura que el de los bedeles de la Facultad de Psicología de la Complu, por poner un caso. Supongo que no será tan malo el invento cuando lo compartimos con Gran Bretaña, Suecia o Dinamarca, países todos atrasados e incultos, no como nosotros.
Sugiero como ejercicio que miren los comentarios a este post en el blog de Victoria Prego. Es sólo un botón de muestra de que en Internet es imposible hablar bien de la Familia Real. Los argumentos (cuando son tales y no caen directamente en la injuria) siempre se parecen, y curiosamente, junto a la figura del republicano convencido ha aparecido la del monárquico anti-Letizia. Así que la Institución está acosada desde ambos extremos. Creo que el futuro a medio plazo del actual príncipe será la abdicación, dudo que ni él ni su mujer estén por la labor de reinar a contrapelo. Ni puñetera falta que les hace. Como dije en el artículo en que me auto-cito más arriba, el agradecimiento no se hereda. Con Juan Carlos I desaparecerán los juancarlistas y quedaremos sólo republicanos y monárquicos, y éstos son minoría.
Dice un amigo mío que la forma de acabar con las telarañas es matar a las arañas (refiriéndose a los reyes, claro). A eso contesto que las arañas también tienen una utilidad, como eliminar bichos más molestos y peligrosos. Sólo de pensar que la más alta institución del Estado acabe siendo alguien como ZP o como el Aznar de los últimos años se me pone la carne de gallina.
En definitiva, no es el republicanismo el que me molesta, sino la desmemoria, la ignorancia y la mala leche. Aunque no sé de qué me sorprendo.
lunes, agosto 14, 2006
A Coruña, Donosti, Girona, ozú miarma
En estos tiempos que vivimos, tan plurales y tan multicolores, estarán ustedes acostumbrados a que en los medios de comunicación metan la corrección política hasta en la sopa, independientemente de lo que predique en el desierto la RAE. Nos impusieron el doble plural de los ciudadanos y las ciudadanas, los obreros y las obreras, los tontos y las tontas de baba, y desde hace una buena temporada estamos en la cosa esta de citar los topónimos en sus lenguas autóctonas. Así que se acabó lo de Tarrasa, San Sebastián y Orense. Ahora, dale que dale con Terrassa, Donosti, Ourense y Costa da Morte. Claro está que el mismo memo que escribe la noticia luego habla del Estado Español y de "este país".
Pues mirad, bonitos, como que no. Orense, La Coruña, Gerona y Bilbao. Y el gallego, vasco o catalanoparlante que lo llame según sea menester en su lengua materna, paterna o de adopción. A no ser, claro, que el presunto informador hable también del último atentado en London, de la catedral de Firenze y de la peregrinación anual de musulmanes a Makka. Ya vale de tragar con estas ruedas de ese molino porque no es normativo y, sobre todo, porque no es un gesto recíproco (de muestra un botón: los periodistas de TV3 tienen la consigna de entrevistar en catalán incluso aunque el entrevistado sea castellanoparlante, con lo que necesitan un traductor y un pinganillo para el invitado; a eso lo llamo educación y empleo razonable del erario público).
Y ya que estamos, en todas esas cadenas amigas tan proclives a quedar bien con nuestros cortijitos periféricos se encontrarán ustedes que, en los típicos "magazines" con participación del espectador, nueve de cada diez veces en que llame uno del sur el presentador hará un intento de imitación de supuesta habla andaluza, de este corte:
- Hola, ¿de dónde llamas?
- De Sevilla.
- Ole el arte, "ozú mi arma", ¿de "Zevilla"? ¿Eres torero o "cantaor"?
- No, soy proxeneta, y llamo para decirte que tu madre me debe varios atrasos.
(La última frase no suele darse, esa es la pena).
La única vez que llamé a un programa de televisión estaban debatiendo la capital cuestión de si los sevillanos éramos los más graciosos de España. Tal cual. Tuvieron suerte de tener la línea ocupada todo el rato. Eso sí, gaditanos para ponernos a parir entraron todos. Pero eso daría para otro artículo.
En fin, espero que ahora que somos realidad nacional este tipo de abusos se terminen, y además de torero o "cantaor" nos pregunten si somos palmeros o alcaldes corruptos. Hasta ahí podía llegar la cosa. O bien, que imiten también a los espectadores catalanes, qué se yo:
- De dónde llamas.
- De Gerona.
- "Mara de Deu", de "Girona". Viva el "pan tumaca". ¿Y la "noia"? ¿Saben aquél que "diu"?
- No, que no te enteras. Que vivo en Gerona, pero soy de Sevilla. Y tu madre siguen sin pagarme los atrasos.
Pues eso.
Pues mirad, bonitos, como que no. Orense, La Coruña, Gerona y Bilbao. Y el gallego, vasco o catalanoparlante que lo llame según sea menester en su lengua materna, paterna o de adopción. A no ser, claro, que el presunto informador hable también del último atentado en London, de la catedral de Firenze y de la peregrinación anual de musulmanes a Makka. Ya vale de tragar con estas ruedas de ese molino porque no es normativo y, sobre todo, porque no es un gesto recíproco (de muestra un botón: los periodistas de TV3 tienen la consigna de entrevistar en catalán incluso aunque el entrevistado sea castellanoparlante, con lo que necesitan un traductor y un pinganillo para el invitado; a eso lo llamo educación y empleo razonable del erario público).
Y ya que estamos, en todas esas cadenas amigas tan proclives a quedar bien con nuestros cortijitos periféricos se encontrarán ustedes que, en los típicos "magazines" con participación del espectador, nueve de cada diez veces en que llame uno del sur el presentador hará un intento de imitación de supuesta habla andaluza, de este corte:
- Hola, ¿de dónde llamas?
- De Sevilla.
- Ole el arte, "ozú mi arma", ¿de "Zevilla"? ¿Eres torero o "cantaor"?
- No, soy proxeneta, y llamo para decirte que tu madre me debe varios atrasos.
(La última frase no suele darse, esa es la pena).
La única vez que llamé a un programa de televisión estaban debatiendo la capital cuestión de si los sevillanos éramos los más graciosos de España. Tal cual. Tuvieron suerte de tener la línea ocupada todo el rato. Eso sí, gaditanos para ponernos a parir entraron todos. Pero eso daría para otro artículo.
En fin, espero que ahora que somos realidad nacional este tipo de abusos se terminen, y además de torero o "cantaor" nos pregunten si somos palmeros o alcaldes corruptos. Hasta ahí podía llegar la cosa. O bien, que imiten también a los espectadores catalanes, qué se yo:
- De dónde llamas.
- De Gerona.
- "Mara de Deu", de "Girona". Viva el "pan tumaca". ¿Y la "noia"? ¿Saben aquél que "diu"?
- No, que no te enteras. Que vivo en Gerona, pero soy de Sevilla. Y tu madre siguen sin pagarme los atrasos.
Pues eso.
miércoles, marzo 29, 2006
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