Yo que estaba tan contento con los de Patxi López y viene el Parlamento Catalán y me joroba la fiesta con su nueva Ley de Educación, que en lo que al resto de los españoles respecta puede resumirse así:
0.- En Cataluña se hace lo que diga el Parlamento catalán.
1.- En Cataluña se va a estudiar en catalán - y sólo en catalán - sí o sí por nuestros santos cullons de abajo y al que no le guste que meta a sus niños en un colegio de pago.
2.- Si algún tribunal tiene a bien llevarnos lo contraria, se le remite al punto 1.
3.- Si algún partido, asociación de vecinos o club de mus se muestra disconforme y decide recurrir a la Justicia, se le remite al punto 2.
4.- Si el gobierno central o cualquier otra institución del estado no catalana considera que hay algún atisbo de inconstitucionalidad en ésta o cualquier otra ley emanada de las Sacrosantas Cortes Catalanas, se le remite al punto 0.
Igual es que yo pensaba que lo del bilingüismo era otra cosa. O es que hay que ser más progresista que yo para entender las bondades del sistema. Pero vamos, piense yo lo que piense, les remito al punto 1.
Menos mal que la sentencia sobre la constitucionalidad del Estatut está al caer.
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sábado, mayo 09, 2009
domingo, junio 08, 2008
Emilio Calatayud
Esto me lo manda un colega, pero como estoy cortito de tiempo y ganas me limito a transcribir lo que él comenta en su correo, ya que se parece bastante a mi propia opinión. Para quien no lo sepa, Emilio Calatayud es el famoso juez de menores que impone penas educativas como sacarse el graduado escolar y autor del "Decálogo para formar a un delincuente".
Para todos los que sois padres, y para los que no lo sois pero os preocupáis por la educación que reciben hoy nuestros hijos.
Un tío con las ideas muy claras.
El decálogo es magnífico, pero los videos, donde habla bien claro, son como se titulan "clases magistrales"
http://www.doramas.net/877
miércoles, enero 16, 2008
"El libro ilimitado". Antonio Muñoz Molina
El País, 15-12-2007
Voy en el metro a media mañana camino de una de mis librerías más queridas de Madrid y aunque llevo abierto el periódico miro de soslayo con un gesto reflejo cada vez que entra en el vagón alguien con un libro en las manos. No siempre es fácil identificar su título, y hay que tener mucho cuidado para que la curiosidad no se confunda con la metijonería. Es como ser un mirón digno que por nada del mundo quiere verse metido en un trance embarazoso. El libro está a veces en una posición casi horizontal, para que reciba mejor la luz del techo, y no es cuestión de adelantar la cabeza y torcer el cuello queriendo mirar la cubierta desde abajo. ¿Cuál será ese libro de bolsillo tan grueso del que no ha apartado los ojos ni siquiera al dar una zancada desde el andén ese lector que acaba de sentarse frente a mí? Lo ha doblado por la mitad, con riesgo de descuadernarlo, lo aprieta como estrujándolo entre las dos manos. Es un joven de veintitantos años con el pelo encrespado de rizos casi africanos, sin afeitar, con una mochila pequeña a la espalda. Da la impresión de que se levantó de la cama con el libro en la mano y que pasó así con él delante del espejo del baño.
Mantengo la vigilancia mientras leo el periódico. El titular de la primera página es el desastre de los índices escolares de lectura en España. Sólo hace unos días la enigmática ministra de Educación aseguró que ella no ve ningún problema en que los chicos usen el teléfono móvil mientras están en clase. La enseñanza pública se deteriora irreparablemente en España gracias a una conspiración de ignorancia tramada desde hace años por la chusma política y la secta pedagógica y las autoridades ya tienen un culpable: el franquismo. Quién si no. Como mi tierra natal está incluso a la cola del desastre leo que la consejera de Educación de la Junta de Andalucía ha descubierto una causa todavía más lejana: nuestro atraso histórico. A ellos, los socialistas que llevan gobernando en Andalucía un cuarto de siglo, que los registren. Pienso en mis maestros, los que me enseñaron contra viento y marea a leer y a escribir y a amar el conocimiento en años de oscurantismo y pobreza; pienso en tantos profesores vocacionales y derrotados que conozco, en las cartas despectivas o perdonavidas o del todo insultantes de pedagogos y expertos, de enchufados de diverso pelaje, que he recibido sin falta cada vez que he escrito sobre las quejas amargas de mis amigos profesores y sobre lo que yo estaba descubriendo con mis propios ojos con sólo hojear los libros de texto de mis hijos y escuchar las historias que me contaban al volver de la escuela.
A los expertos, a los gurús de la jerga psicopedagógica y a los enchufados no les cabía la menor duda: los que alertábamos sobre la degradación de la enseñanza nos habíamos vuelto de derechas y no sabíamos nada, no entendíamos de nada. Ellos sí que entendían: a la vista están los resultados. Cierro el periódico con asco y el hombre joven que leía frente a mí levanta los ojos de su libro. A mi atención de espía le basta un segundo para descubrir el título: es el Viaje al fin de la noche. Ahora parece evidente que el aire de ligero trastorno que tenía ese hombre desde que entró en el vagón procedía de la lectura de Céline. Vamos en el mismo tren de la línea 4 pero su viaje es mucho más hondo y más terrible, un descenso de fiebre por los espantos del mundo. Yo voy por los túneles del metro de Madrid y por el presente inmediato y más bien desolado del periódico: él por las trincheras de la guerra, por la miseria de los suburbios proletarios de París, por el Nueva York futurista de los años veinte, por las tinieblas coloniales del Congo que ya había roturado para la literatura Joseph Conrad.
Ahí lo dejo, sumergido en el libro, continuando su viaje, con su barba de varios días y su mochila de vagabundo celineano. ¿Cuántos lectores como él no llegarán a existir gracias a la gran conjura de los necios y de los comisarios políticos que ha asolado la educación española? Pero no se trata sólo de esa embriaguez, del dulce vicio que le acompaña a uno en la soledad y le hace gratos los minutos de un viaje en el metro: mucho más grave es que la escuela esté fracasando en su tarea de despertar en cada uno sus mejores facultades, de actuar como palanca de progreso social. ¿Qué porvenir laboral tiene un hijo de trabajador o de inmigrante que a los quince años no es capaz de comprender un párrafo de tres líneas? ¿Qué podrá aprender sobre la complejidad del mundo y la de su propia alma quien no cuenta con la luz de las palabras escritas? El nivel cultural y académico de los padres es factor decisivo, asegura el periódico. Subiendo por las escaleras del metro me pregunto con ira y dolor qué habría sido de mí, de tantos de nosotros, si no hubiera sido por la escuela y por el instituto. Nuestros padres, niños en la guerra, escribían y leían con dificultad. En nuestras casas, donde había tan poco, mal podía haber libros. La escuela nos hizo lo que somos.
Soy lo que he leído. Me gano la vida gracias a que existen lectores. En el escaparate de la librería distingo con expectación impaciente el libro que vengo buscando. Verlo me da tanta felicidad como descubrir en un escaparate de la infancia la cubierta en colores de una novela de Julio Verne. Son Los ensayos de Montaigne que acaba de publicar Acantilado, editados y traducidos admirablemente por Jordi Bayod Brau. Muy pronto el gozo de las manos se añade al de la mirada: sopeso el volumen, paso los dedos por su tapa tan sólida, lo abro y rozo las páginas con las yemas de los dedos, y al hacerlo percibo un olor exquisito de papel y de tinta. Por cualquier página que se abra este libro ilimitado se reconocerá la voz sabia y serena, la inteligencia irónica y voluble, la curiosidad entre erudita y chismosa de aquel hombre feliz que se retiró hace más cuatro siglos a escribir y a leer en la biblioteca circular de su torre. Como Cervantes o Shakespeare si empezamos a leerlo nos acompañará a lo largo de toda nuestra vida, y a medida que pase el tiempo y sigamos leyendo nos enseñará cosas que ni siquiera habíamos sospechado en las primeras lecturas. Como el señor don Quijote de la letanía de Rubén el señor de Montaigne nos asistirá en nuestra diatriba contra los fanáticos y los propagadores de la ignorancia, contra los sinvergüenzas, contra los estafadores de la jerga psicopedagógica, contra los políticos que sólo pueden eternizarse en su parasitismo gracias a una ciudadanía analfabeta y embotada. En el viaje de vuelta soy yo quien entra en el vagón del metro con la nariz hundida en el libro, quien se queda tan absorto leyendo a Montaigne que cuando levanta los ojos descubre que se ha pasado de estación. -
miércoles, diciembre 19, 2007
"A vueltas con el informe PISA". Ricardo Moreno Castillo
Ricardo Moreno es catedrático del Instituto Gregorio Marañón y autor del "Panfleto antipedagógico"
En cierta ocasión, discutiendo con un cura, me dijo que era injusto acusar a la Iglesia de estar obsesionada con el sexo. ¿En qué se fundamentaba tal acusación? ¿Existían estadísticas fiables sobre cuántas homilías hablaban de sexo? ¿Se habían hecho porcentajes sobre el número de veces en las que el sexo es citado en documentos pastorales? Le contesté que no sabía de ningún estudio de este género, pero que me bastaba con bucear en mi memoria y cotejar mis recuerdos con los de cualquiera de mis conocidos educados en el catolicismo para sostener que la Iglesia está, efectivamente, obsesionada con el sexo. Cortó secamente la conversación asegurando que mis afirmaciones carecían de rigor.
Igual que el susodicho cura, hay mucha gente incapaz de ver la realidad cuando la tiene delante, y sólo la acepta cuando está traducida a gráficos y porcentajes. Suelen ser personas que tienen, además de pocas luces, una muy escasa formación científica, y conceden a la estadística una mayor credibilidad de la que le dan los matemáticos. Parecen desconocer cómo está la educación en España hasta que se hace público un informe sobre el lugar que ocupa entre los países que nos son más próximos, y cuantos puntos han retrocedido nuestros alumnos en comprensión lectora o en cálculo desde el informe anterior. ¿Hacían falta esos datos para reconocer un hecho que puede ver cualquiera? Hay alumnos que llegan al bachillerato (que, no lo olvidemos, se comienza a los dieciséis años) incapaces de operar con decimales, ignorando cosas muy elementales de geometría y, en algunos casos, sin saber la tabla de multiplicar. En muchas facultades de física, matemáticas e ingeniería ha sido necesario implantar un “curso cero”, que se imparte a lo largo del mes de septiembre, donde se enseñan cosas que antes sabía un estudiante corriente de trece o catorce años. Y la necesidad de este curso no se hizo patente hasta que llegaron los primeros alumnos procedentes de la reforma. Que el nivel de gamberrismo e indisciplina ha subido hasta cotas alarmantes es algo del dominio público, y del descenso del nivel de madurez de nuestros estudiantes hay pruebas cotidianas. No es insólito que un “niño” vaya con su mamá a matricularse a la facultad, y se han dado casos de alumnos universitarios que han ido a la revisión de notas acompañados de sus padres, a los cuales el profesor ha tenido que pedirles que salieran del despacho. Hasta ahora, las empresas preferían contratar a ingenieros jóvenes, para que se formaran en ellas desde el principio. Pues bien, conozco empresarios que, desde que llegaron las primeras generaciones de “ingenieros LOGSE”, prefieren contratar profesionales de más de treinta, procedentes del antiguo sistema. Porque si la formación del ingeniero ha de empezar por explicarle que a los clientes no se les recibe mascando chicle y con la gorra puesta, ya es partir desde muy abajo.
Cuando los hechos colisionan con las ideas, la humanidad se divide en dos partes. La de los tontos que niegan los hechos (amparándose a menudo en la ausencia de estudios y estadísticas) y la de los inteligentes que rectifican las ideas. Lamentablemente, nuestras autoridades académicas y los pedagogos que elaboraron la reforma están entre los primeros. Y cuando por fin aparecen los datos y los porcentajes que confirman lo que todo el mundo sabía, y les parece demasiado duro seguir negando los hechos, los mentores de nuestras leyes educativas escogen otro camino para eludir sus responsabilidades: atribuir el fracaso a factores circunstanciales (como los cambios sociales o a la presencia de emigrantes) y no a la propia perversidad del sistema. La estupidez y la mala fe no son incompatibles.
Pero los que así argumentan olvidan dos cosas muy esenciales. La primera, que existen institutos en los barrios y en los centros de las ciudades, institutos con emigrantes e institutos sin ellos, institutos rurales e institutos en pequeñas villas marineras. Por mucho que haya mejorado España en general los últimos treinta años, y esto nadie lo duda, los medios en el que están situados los centros de enseñanza pueden ser muy distintos, pero en todos ellos el nivel de conocimientos de los alumnos y el de convivencia bajó estrepitosamente en cuanto se implantó la reforma. Cuando una misma ley provoca efectos tan desastrosos en circunstancias sociales tan variadas, es razonable pensar que la culpa es de la ley, y no de las circunstancias sociales. La segunda, muy a menudo olvidada, es que la reforma no se implantó a la vez en todas partes, sino que durante varios años estuvieron coexistiendo ambos sistemas. Y ya comenzaron a sonar las primeras alarmas, porque se empezó a ver la diferencia entre los alumnos que habían estudiado en institutos donde se mantenía el viejo sistema y los que lo habían hecho en aquellos que habían implantado el nuevo, claramente favorable a los primeros. Y esta diferencia se podía constatar entre centros próximos entre sí, por lo cual las disparidades que pudiera haber entre los alumnos según su origen social eran irrelevantes.
Naturalmente, entre los cambios sociales está la presencia de inmigrantes en nuestras aulas, pero atribuir a esta circunstancia el deterioro de la educación en España es, además de una villanía, una afirmación muy peligrosa, porque es una manera como otra cualquiera de fomentar la xenofobia. Un inmigrante no es por sí mismo más o menos gamberro que un español, aunque si no se le educa y no se sanciona su mala conducta puede ser tan zafio como un español a quien no se le educa y no se sanciona su mala conducta. Es más, muchos estudiantes, procedentes de países con una escuela más tradicional (porque al ser países pobres, no tenían dinero para invertir en experimentos educativos delirantes) se escandalizan del poco respeto que los alumnos españoles tienen a sus profesores. Y la mayoría de los chicos sudamericanos llegan sabiendo dos cosas que ignoran gran parte de nuestros estudiantes: a pedir las cosas por favor, y la tabla de multiplicar.
Lo último que se ha escuchado para justificar nuestro fracaso educativo consiste en atribuir la ignorancia de nuestros estudiantes a la poca formación de sus padres. El argumento es sencillamente insostenible. Con el sistema anterior a la LOGSE (que, por supuesto, distaba mucho de la perfección) un estudiante medio terminaba la educación obligatoria a los catorce años sabiendo más que lo que sabe hoy un estudiante que acabe la enseñanza obligatoria a los dieciséis. En más tiempo se han conseguido peores resultados. ¿Estaban los padres de nuestros alumnos, antes de la implantación de la reforma, mejor preparados que los padres de ahora? Pero retrocedamos mucho más en el tiempo, cuando la enseñanza obligatoria sólo alcanzaba hasta los diez años. En escuelas unitarias, con un solo maestro para todos los niveles (y ahora se habla de “educación en la diversidad” como si fuera una gran novedad) aprendían los niños cosas como la tabla de multiplicar, el sistema métrico decimal, a escribir sin faltas de ortografía y otras cosas que hoy ignoran muchos de los estudiantes recién titulados de la ESO. ¿Eran sus padres más sabios que los de ahora? No, los padres de los alumnos de las escuelas rurales eran labradores, algunos de ellos analfabetos.
Más bien sucede lo contrario, quizás por primera vez en toda la historia, la generación de los padres (aún habiendo estado escolarizada menos años) está mejor preparada que la de los hijos. Pero todo vale, ignorar la realidad, negar los hechos, cualquier argumento por disparatado que sea, con tal de no reconocer lo que ya admite toda persona con sentido común: que la reforma educativa fue un disparate y que quienes la elaboraron son unos irresponsables. Y mientras esos irresponsables sigan poniendo su orgullo por encima de su país, la situación irá a peor y se seguirán malogrando generaciones y generaciones de estudiantes. El día que sean capaces de reconocer su error y la urgencia de rectificar, la cosa empezará a tener visos de solución.
jueves, diciembre 06, 2007
"El fracaso". José Aguilar
Diario de Sevilla, 05-12-2007
NO hay peor ciego que el que no quiere ver ni gobernante más nefasto que el que no admite su fracaso. Fracaso de toda la sociedad, como escribía ayer aquí Alejandro V. García, es que nuestros quinceañeros no sepan leer –entendiéndolo– un texto sencillo de unas cuantas líneas (en su idioma, claro). Eso refleja el informe PISA 2006, por fin hecho público ayer, que evalúa a los estudiantes de 15 años de casi sesenta países. Los ciegos voluntarios no querrán verlo, pero estamos de la mitad para abajo en la tabla clasificatoria en ciencias, matemáticas y comprensión lectora, que son los parámetros examinados. En el último de ellos, en la lectura, incluso hemos descendido de manera notable en estos quince años. No progresamos adecuadamente, retrocedemos de forma totalmente inadecuada. En ciencias vamos por detrás de naciones tan avanzadas como Letonia, Eslovaquia o Lituania. Dentro de este panorama desolador a nivel nacional, Andalucía destaca mucho. Se hicieron evaluaciones específicas del rendimiento escolar en diez comunidades autónomas, y Andalucía ha quedado la décima. La consejera de Educación, Cándida Martínez, ha dicho que no somos los últimos, sino los décimos, aprovechando la circunstancia de que las otras siste comunidades no han sido examinadas. Los décimos de diez, pero no los últimos, bello sofisma. Aunque las siete resultaran de un nivel inferior al andaluz –lo estimo francamente difícil, porque ahí están Madrid, Baleares y Valencia–, seguiríamos por debajo de la media española, que ya es baja en relación con la internacional que mide el PISA.También declara, Cándida, que los resultados corresponden al nivel de riqueza de Andalucía y al contexto de limitaciones culturales de los padres de los alumnos. Ahora bien, ¿no quedamos en que la educación era una prioridad de la Junta de Andalucía? ¿Ésta no iba a ser la generación más preparada de la historia de Andalucía? ¿Es éste el balance de veintisiete años de autonomía para decidir en qué invertimos? ¿Siete legislaturas y tropecientos mil millones de euros de presupuestos después se merecen desembocar en unos adolescentes que no saben leer? Lo curioso es que los gobernantes que deberían responder a estas preguntas también son evaluados, cada cuatro años, y sacan el aprobado.La última ‘perla’ de la consejera, durante el mal trago de comentar el PISA a la prensa, fue que el sistema educativo andaluz resulta más equitativo que la media de España y de la OCDE. Es estupendo: no saben comprender un texto de cuatro líneas, pero sin diferencias clasistas. Torpes a tope, pero todos por igual. Un argumento completamente ‘progre’. En el peor sentido de la palabra.
jueves, septiembre 07, 2006
Monstruos enanos
Noticia de ayer: una niña de trece años es perseguida, golpeada y apedreada por treinta compañeros de clase. No es la primera ni la última, es una más de una larga lista en la que están miles de alumnos de nuestros colegios e institutos, cuyo peldaño final son el aislamiento, la depresión y, en el peor de los casos, la muerte (suicidio a veces, asesinato otras). ¿Qué han hecho para merecerlo? Rara vez se explica en los medios de comunicación. Por alguna razón, son diferentes. Yo tengo mis ideas al respecto; algo me dice que este tipo de alumno martirizado no es ni el que más cursos ha repetido, ni el que peores notas saca, ni el más chulo de la clase, ni el más extrovertido. Más bien al contrario.
Lo que debemos preguntarnos es qué tipo de basura hemos metido en la cabeza de esos treinta angelitos que participan en un conato de linchamiento con esa edad. ¿No están "educados en valores"? ¿No han recibido una "enseñanza comprensiva" con sus habilidades y aptitudes? ¿No han desarrollado un "aprendizaje significativo" alejado de la memorieta e imbricado con su "capacidad de construir nuevos conocimientos a partir de los existentes"? O dicho de otro modo: ¿qué más pruebas necesitamos para que los padres del invento se enteren de una puñetera vez que la LOGSE fue una mierda y que el ideario psicopedagógico que la sostiene no funciona?
El actual estado de cosas es la suma de varios factores. Resumámoslos en un mensaje: niño, niña, alumno, alumna, haz lo que te dé la gana. No repetirás hasta que no haya otro remedio. No serás castigado en casa. No te esfuerces para obtener nada. No seas "pringao". No dejes que "te rayen". Sé chulo. Sé guay. Sé "rebelde". Sé un cabrón con pintas. Ponle pegamento en la silla a la de religión. Conoce tus derechos, los tienes todos. Ignora tus obligaciones, si las conoces. Huye de la excelencia, es costosa y elitista. Sé agresivo y te respetarán. Bebe hasta caerte. Si eres un cafre, disfruta hasta los 18, no pueden hacerte nada. Ponte muchos "piercings", déjate cresta, conduce sin casco, sáltate los pasos de cebra: "sé tú mismo". Muerte al boy-scout y al empollón. No lo digo yo. Lo dicen la publicidad y las series de televisión. Te lo consienten tus padres. Te lo permiten en la escuela. Lo has mamado en los dibujos animados para adultos que has visto desde pequeño en horario infantil de televisión y en las películas que no debiste ver antes de los 16. Lo promueven los políticos que se aprovecharán de tu ignorancia mientras te halagan.
Yo, afortunadamente, ya hice la EGB y el BUP, pero mi temor es: ¿qué pasará con mi hija (y los que puedan venir)? ¿Qué ocurrirá si es diferente al resto, si destaca, si va a contracorriente? ¿O si simplemente no es capaz de relacionarse igual que los demás? ¿Tendré que verla llegar a casa con cardenales? ¿Tendré que pagar psicólogos? ¿O tendré que partirle la cara a alguien?
Culpa de unos pocos, pasividad de muchos, responsabilidad de todos. Y ahora, ¿qué?
Lo que debemos preguntarnos es qué tipo de basura hemos metido en la cabeza de esos treinta angelitos que participan en un conato de linchamiento con esa edad. ¿No están "educados en valores"? ¿No han recibido una "enseñanza comprensiva" con sus habilidades y aptitudes? ¿No han desarrollado un "aprendizaje significativo" alejado de la memorieta e imbricado con su "capacidad de construir nuevos conocimientos a partir de los existentes"? O dicho de otro modo: ¿qué más pruebas necesitamos para que los padres del invento se enteren de una puñetera vez que la LOGSE fue una mierda y que el ideario psicopedagógico que la sostiene no funciona?
El actual estado de cosas es la suma de varios factores. Resumámoslos en un mensaje: niño, niña, alumno, alumna, haz lo que te dé la gana. No repetirás hasta que no haya otro remedio. No serás castigado en casa. No te esfuerces para obtener nada. No seas "pringao". No dejes que "te rayen". Sé chulo. Sé guay. Sé "rebelde". Sé un cabrón con pintas. Ponle pegamento en la silla a la de religión. Conoce tus derechos, los tienes todos. Ignora tus obligaciones, si las conoces. Huye de la excelencia, es costosa y elitista. Sé agresivo y te respetarán. Bebe hasta caerte. Si eres un cafre, disfruta hasta los 18, no pueden hacerte nada. Ponte muchos "piercings", déjate cresta, conduce sin casco, sáltate los pasos de cebra: "sé tú mismo". Muerte al boy-scout y al empollón. No lo digo yo. Lo dicen la publicidad y las series de televisión. Te lo consienten tus padres. Te lo permiten en la escuela. Lo has mamado en los dibujos animados para adultos que has visto desde pequeño en horario infantil de televisión y en las películas que no debiste ver antes de los 16. Lo promueven los políticos que se aprovecharán de tu ignorancia mientras te halagan.
Yo, afortunadamente, ya hice la EGB y el BUP, pero mi temor es: ¿qué pasará con mi hija (y los que puedan venir)? ¿Qué ocurrirá si es diferente al resto, si destaca, si va a contracorriente? ¿O si simplemente no es capaz de relacionarse igual que los demás? ¿Tendré que verla llegar a casa con cardenales? ¿Tendré que pagar psicólogos? ¿O tendré que partirle la cara a alguien?
Culpa de unos pocos, pasividad de muchos, responsabilidad de todos. Y ahora, ¿qué?
lunes, agosto 14, 2006
Otra televisión era posible
Dos de las pocas cosas que he sacado en claro con la TDT son una emisora musical que tiene un pasar llamada Fly Music y el Canal 50 de TVE, o sea, emisión continua del archivo de TVE desde su creación. Yo desde aquí sugeriría que le den la jubilación anticipada a todo el personal de la cadena pública por excelencia y sólo dejen a tres tíos en turnos de ocho horas poniendo un video del archivo. Bueno, a cuatro, para que se puedan ir de vacaciones y caer enfermos.
Anoche me encontré con una entrevista de Terenci Moix a Lauren Bacall, allá por 1989. Lo primero que me llamó la atención es que ambos hablaban un inglés perfecto. Bueno, lo de Bacall no tenía mérito, lo digo por el entrevistador. Lo segundo, que hablaron de Bette Davis, de Bogart, de Broadway, de la carrera de la entrevistada y de cine en general. ¿Pero dónde se ha visto eso? ¿Una actriz hablando de cine? Pues sí. No salió el tema de la paz mundial, ni del capitalismo salvaje, ni de Castro como referente intelectual del artista comprometido. Los muy inconscientes hablaron de cine.
No repuesto aún de mi sorpresa de que hace unos añitos se hiciera programación asequible al cerebro medio, en el cierre de la entrevista - no sé en calidad de qué puesto que no vi el principio - aparece Miguel Bosé a despedirse de la diva ("such a beauty", dijo la Bacall) y decirle lo mucho que la admiraba ... en un inglés aún mejor que el de Terenci Moix. Tanto es así que la chica (es una forma de hablar) dijo que le gustaría quedarse para siempre en el programa. También lo pensé yo.
Sigo. En la misma emisora, hace unos días, un concierto de Mecano de mediados de los 80. Sin cortes. Ayer, otro de Supertramp. También he tenido el gusto de ver una de aquellas "aventuras" de Los Payasos de la Tele. Quince minutos de comedia ligera. Con buenos actores. Sin escucharse en ningún momento "tío", "guay", "mis viejos", "mola", "no te enrolles". El problema es que hoy día la inmensa mayoría de los niños no las entendería. Y eso es lo que más me sorprendió: nosotros nos reíamos mucho con este programa, luego el mobiliario de nuestra cabecita daba para ello. ¿Qué ha tenido que cambiar para llegar a la basura para oligofrénicos que hacen pasar hoy por programación infantil?
Y remato: durante el torneo Wimbledon de este año, el cronista de El Mundo comentaba que había visto un debate en la BBC donde estaban Federer, Nadal, McEnroe, Connors y algunos otros. Hablaron - ¡oh! - de tenis. Imagínense lo que pudo dar de sí la charla, analizándose mutuamente y recordando cómo era el juego de entonces comparado con el actual. Porque los deportistas piensan. Aquí lo único que sabemos de ellos es que "el partido es muy complicado, voy a salir a darlo todo" en un suelto de diez segundos entre noticias del Madrid, del Barcelona y de la última novia de Ronaldo. O lo que digan en un anuncio de Cola-Cao.
En fin, podría seguir. Dicen que cualquier tiempo pasado fue mejor. A eso añadiría que (casi) cualquier lugar presente del mundo desarrollado también lo es, hablando de la televisión española. Que es exactamente la que nos merecemos.
Anoche me encontré con una entrevista de Terenci Moix a Lauren Bacall, allá por 1989. Lo primero que me llamó la atención es que ambos hablaban un inglés perfecto. Bueno, lo de Bacall no tenía mérito, lo digo por el entrevistador. Lo segundo, que hablaron de Bette Davis, de Bogart, de Broadway, de la carrera de la entrevistada y de cine en general. ¿Pero dónde se ha visto eso? ¿Una actriz hablando de cine? Pues sí. No salió el tema de la paz mundial, ni del capitalismo salvaje, ni de Castro como referente intelectual del artista comprometido. Los muy inconscientes hablaron de cine.
No repuesto aún de mi sorpresa de que hace unos añitos se hiciera programación asequible al cerebro medio, en el cierre de la entrevista - no sé en calidad de qué puesto que no vi el principio - aparece Miguel Bosé a despedirse de la diva ("such a beauty", dijo la Bacall) y decirle lo mucho que la admiraba ... en un inglés aún mejor que el de Terenci Moix. Tanto es así que la chica (es una forma de hablar) dijo que le gustaría quedarse para siempre en el programa. También lo pensé yo.
Sigo. En la misma emisora, hace unos días, un concierto de Mecano de mediados de los 80. Sin cortes. Ayer, otro de Supertramp. También he tenido el gusto de ver una de aquellas "aventuras" de Los Payasos de la Tele. Quince minutos de comedia ligera. Con buenos actores. Sin escucharse en ningún momento "tío", "guay", "mis viejos", "mola", "no te enrolles". El problema es que hoy día la inmensa mayoría de los niños no las entendería. Y eso es lo que más me sorprendió: nosotros nos reíamos mucho con este programa, luego el mobiliario de nuestra cabecita daba para ello. ¿Qué ha tenido que cambiar para llegar a la basura para oligofrénicos que hacen pasar hoy por programación infantil?
Y remato: durante el torneo Wimbledon de este año, el cronista de El Mundo comentaba que había visto un debate en la BBC donde estaban Federer, Nadal, McEnroe, Connors y algunos otros. Hablaron - ¡oh! - de tenis. Imagínense lo que pudo dar de sí la charla, analizándose mutuamente y recordando cómo era el juego de entonces comparado con el actual. Porque los deportistas piensan. Aquí lo único que sabemos de ellos es que "el partido es muy complicado, voy a salir a darlo todo" en un suelto de diez segundos entre noticias del Madrid, del Barcelona y de la última novia de Ronaldo. O lo que digan en un anuncio de Cola-Cao.
En fin, podría seguir. Dicen que cualquier tiempo pasado fue mejor. A eso añadiría que (casi) cualquier lugar presente del mundo desarrollado también lo es, hablando de la televisión española. Que es exactamente la que nos merecemos.
sábado, agosto 05, 2006
Hijoputas al volante
Las definiciones y los niños primero: un hijoputa al volante es un hijoputa que conduce. U séase, la esencia del interfecto es la de ser un hijoputa, y el atributo el ser conductor. Sí, es posible que su yo verdadero sólo se manifieste cuando nota el pie en el acelerador y que en su vida normal sea un probo padre de familia y colabore en una ONG, pero Drácula también se tira todo el día durmiendo y por la noche es un cafre, o sea, que el argumento no me sirve.
El cabronazo que se pone a 195 por la carretera, que se pega a la matrícula del que va a 120 de manera que no se le ven ni los faros y que cruza a volantazos sin intermitente la doble línea continua merece el mismo calificativo que el que juega a la ruleta rusa con granadas de mano o el que suelta su pitbull sin bozal por el parque alegando que no hace nada. Es un asesino en potencia y alguien que debe ser encerrado en Guantánamo o en un psiquiátrico, y su coche - tuneado o no - enviado al desguace a modo de ejemplo para el mundo. O bien, en su defecto, acabar sus días empotrado contra un olivo de una carretera secundaria volviendo borracho de la verbena del pueblo de al lado después de no haberse comido un colín, si es que existe la justicia cósmica.
Entre 1981 y 2005 la friolera de 60.000 personas han fallecido en las carreteras españolas, y no me he molestado en contar los heridos y las tetraplejias. O sea, 70 veces más que los asesinados por ETA en toda su historia o el equivalente a 20 atentados del 11-M al año, con la pequeña diferencia de que los terroristas son de aquí. Sí, probablemente hay un porcentaje que atribuir al estado de las carreteras, a problemas mecánicos o a despistes, pero cualquiera que coja un coche sabe cuál es peligro real de salir a carretera: el hijoputa.
Sé que escribir esto no va a reducir las cifras de mortalidad, y que a los hijoputas, porque son lo que son, se la soplan los puntos, las comas y los carteles de la DGT de "si bebes, te drogas o eres un hijoputa, no conduzcas". Pero por si casualidad algún lector se siente identificado con el retrato, que sepa que es un hijo de la grandísima puta.
Dicho sea con todos los respetos por las hetairas de todo pelaje, que no tienen culpa de las dobleces de la lengua castellana.
El cabronazo que se pone a 195 por la carretera, que se pega a la matrícula del que va a 120 de manera que no se le ven ni los faros y que cruza a volantazos sin intermitente la doble línea continua merece el mismo calificativo que el que juega a la ruleta rusa con granadas de mano o el que suelta su pitbull sin bozal por el parque alegando que no hace nada. Es un asesino en potencia y alguien que debe ser encerrado en Guantánamo o en un psiquiátrico, y su coche - tuneado o no - enviado al desguace a modo de ejemplo para el mundo. O bien, en su defecto, acabar sus días empotrado contra un olivo de una carretera secundaria volviendo borracho de la verbena del pueblo de al lado después de no haberse comido un colín, si es que existe la justicia cósmica.
Entre 1981 y 2005 la friolera de 60.000 personas han fallecido en las carreteras españolas, y no me he molestado en contar los heridos y las tetraplejias. O sea, 70 veces más que los asesinados por ETA en toda su historia o el equivalente a 20 atentados del 11-M al año, con la pequeña diferencia de que los terroristas son de aquí. Sí, probablemente hay un porcentaje que atribuir al estado de las carreteras, a problemas mecánicos o a despistes, pero cualquiera que coja un coche sabe cuál es peligro real de salir a carretera: el hijoputa.
Sé que escribir esto no va a reducir las cifras de mortalidad, y que a los hijoputas, porque son lo que son, se la soplan los puntos, las comas y los carteles de la DGT de "si bebes, te drogas o eres un hijoputa, no conduzcas". Pero por si casualidad algún lector se siente identificado con el retrato, que sepa que es un hijo de la grandísima puta.
Dicho sea con todos los respetos por las hetairas de todo pelaje, que no tienen culpa de las dobleces de la lengua castellana.
viernes, agosto 19, 2005
Los Serrano
Cuando la Iglesia Católica se moviliza suele tener mal ojo clínico, equivocando a veces las formas, a veces el fondo y a veces ambos. Si yo fuera obispo en España, creo que me centraría en enemigos que de verdad hacen daño. "Los Serrano", por ejemplo.
Solía seguir esta serie con cierto interés. No negaré que los encantos de Elsa Pataki, Verónica Sánchez y Belén Rueda tenían bastante que ver, ya que nos ponemos sinceros. Sin embargo, me fui dando cuenta que ciertos detalles se me atragantaban, y a base de verlos continuamente corregidos y aumentados llegué a la conclusión de que pocas cosas en esta vida son casuales, y los guiones de una serie de éxito menos. Acabé hartándome de los malentendidos de los tres personajes masculinos principales, estirados hasta la saciedad y basados siempre en una forma gañanil de pensar. Me aburrí de las idas y venidas del Fran "Pedrea", su medio hermana y su medio incesto. Pero sobre todo, me asqueé de las gamberradas del Guille y su panda de mafiosos del colegio.
Este personaje merece un párrafo para él solo por lo que tiene de sintomático. La moraleja de la serie en lo que al niñato se refiere es que si quieres ser guay y popular debes comportarte como un hijo de puta. Dada la cantidad de niños y adolescentes que ven el programa, no me cabe duda de que su influencia tiene que ser considerable - pregúntenles a sus amigos maestros -, aunque habrá quien me objete que si los niños están viendo la tele a las 23:30 de la noche es culpa de sus padres, y llevarían razón. Por lo demás, como no tenían bastante con un solo capullo infantil, han ido aplicando el mismo patrón a su hermanastra y al pequeño de la familia. Encima han hecho un grupo ¿musical? que ¿canta? "A toda mecha, a toda mecha, tú no te hagas la estrecha". Todo profundamente educativo para niños de doce años.
Como ahora repiten episodios antiguos, tuve el placer de recordar uno de los más sintomáticos. El talibán se hace monaguillo; por algún motivo se deja el pan y el vino de consagrar en unos billares - de todos es sabido que los curas se los dan a los monaguillos para que los lleven en la cartera con los donuts - y el embolao se acaba resolviendo con el cura borracho por culpa de un vino inadecuado y con los feligreses comulgando hostias de papel. No contentos con ello, los guionistas deciden que el episodio culmine con el mafioso y su compinche escuchando la confesión de su abuela sin ella saberlo y con el chantaje subsiguiente.
Aunque mi cuñada dice que no es más que una serie de ficción y como tal hay que tomársela, añadiré algunos detallitos más por si alguien se llama a engaño. Las gamberradas en el colegio siempre tienen como objetivo a la de religión, a la que pintan como ñoña, tonta y obligada a presentar la otra mejilla entre petardos y faldas pegadas a la silla con Super Glue. En otro episodio ha llegado a ver al Serrano mayor y a su secuaz esconderse tras un altar y usar el micro para hacerse pasar por Dios mientra su hermano reza. En el mismo episodio, y por una causa que no recuerdo, el paso de la cofradía del barrio acaba volcado en la acera con el Cristo estrellado contra una pared. Los mismos personajes también han estado en un convento debajo de la cama de una monja. El talibán se ausenta de la boda de su tío para enrollarse en un parque con su medio hermana aduciendo como excusa que han ido a confesar, y nadie los echa de menos. Y así sucesivamente.
¿Casualidad? Ninguna. ¿Tengo como católico derecho a ofenderme? Sinceramente, creo que todo. No se trata de tratar con humor inteligente ciertos aspectos del cristianismo, sino de ridiculizar hasta el límite lo más sagrado para la Iglesia, que son los sacramentos, de entre ellos el más importante de todos, la eucaristía. Si la mitad de la cuarta parte de lo descrito tuviera como leit-motiv la religión judía o la musulmana, esta serie habría sido quitada de la parrilla. Pero esto es España y aquí hay que mamar, porque a la mitad de la opinión pública le resulta divertida la ridiculización de lo católico y la otra mitad se calla. Yo no lo voy a hacer. "Los Serrano" son una serie tóxica educativamente hablando y desde luego nada acorde con la cantinela de los "doce meses-doce causas" de la cadena donde se emite. Salvo que cambien el nombre de la campaña a "doce meses-una causa". Viva el multiculturalismo, sí, y viva la tolerancia, pero por favor, empezando por lo de casa. Si no es molestia.
Solía seguir esta serie con cierto interés. No negaré que los encantos de Elsa Pataki, Verónica Sánchez y Belén Rueda tenían bastante que ver, ya que nos ponemos sinceros. Sin embargo, me fui dando cuenta que ciertos detalles se me atragantaban, y a base de verlos continuamente corregidos y aumentados llegué a la conclusión de que pocas cosas en esta vida son casuales, y los guiones de una serie de éxito menos. Acabé hartándome de los malentendidos de los tres personajes masculinos principales, estirados hasta la saciedad y basados siempre en una forma gañanil de pensar. Me aburrí de las idas y venidas del Fran "Pedrea", su medio hermana y su medio incesto. Pero sobre todo, me asqueé de las gamberradas del Guille y su panda de mafiosos del colegio.
Este personaje merece un párrafo para él solo por lo que tiene de sintomático. La moraleja de la serie en lo que al niñato se refiere es que si quieres ser guay y popular debes comportarte como un hijo de puta. Dada la cantidad de niños y adolescentes que ven el programa, no me cabe duda de que su influencia tiene que ser considerable - pregúntenles a sus amigos maestros -, aunque habrá quien me objete que si los niños están viendo la tele a las 23:30 de la noche es culpa de sus padres, y llevarían razón. Por lo demás, como no tenían bastante con un solo capullo infantil, han ido aplicando el mismo patrón a su hermanastra y al pequeño de la familia. Encima han hecho un grupo ¿musical? que ¿canta? "A toda mecha, a toda mecha, tú no te hagas la estrecha". Todo profundamente educativo para niños de doce años.
Como ahora repiten episodios antiguos, tuve el placer de recordar uno de los más sintomáticos. El talibán se hace monaguillo; por algún motivo se deja el pan y el vino de consagrar en unos billares - de todos es sabido que los curas se los dan a los monaguillos para que los lleven en la cartera con los donuts - y el embolao se acaba resolviendo con el cura borracho por culpa de un vino inadecuado y con los feligreses comulgando hostias de papel. No contentos con ello, los guionistas deciden que el episodio culmine con el mafioso y su compinche escuchando la confesión de su abuela sin ella saberlo y con el chantaje subsiguiente.
Aunque mi cuñada dice que no es más que una serie de ficción y como tal hay que tomársela, añadiré algunos detallitos más por si alguien se llama a engaño. Las gamberradas en el colegio siempre tienen como objetivo a la de religión, a la que pintan como ñoña, tonta y obligada a presentar la otra mejilla entre petardos y faldas pegadas a la silla con Super Glue. En otro episodio ha llegado a ver al Serrano mayor y a su secuaz esconderse tras un altar y usar el micro para hacerse pasar por Dios mientra su hermano reza. En el mismo episodio, y por una causa que no recuerdo, el paso de la cofradía del barrio acaba volcado en la acera con el Cristo estrellado contra una pared. Los mismos personajes también han estado en un convento debajo de la cama de una monja. El talibán se ausenta de la boda de su tío para enrollarse en un parque con su medio hermana aduciendo como excusa que han ido a confesar, y nadie los echa de menos. Y así sucesivamente.
¿Casualidad? Ninguna. ¿Tengo como católico derecho a ofenderme? Sinceramente, creo que todo. No se trata de tratar con humor inteligente ciertos aspectos del cristianismo, sino de ridiculizar hasta el límite lo más sagrado para la Iglesia, que son los sacramentos, de entre ellos el más importante de todos, la eucaristía. Si la mitad de la cuarta parte de lo descrito tuviera como leit-motiv la religión judía o la musulmana, esta serie habría sido quitada de la parrilla. Pero esto es España y aquí hay que mamar, porque a la mitad de la opinión pública le resulta divertida la ridiculización de lo católico y la otra mitad se calla. Yo no lo voy a hacer. "Los Serrano" son una serie tóxica educativamente hablando y desde luego nada acorde con la cantinela de los "doce meses-doce causas" de la cadena donde se emite. Salvo que cambien el nombre de la campaña a "doce meses-una causa". Viva el multiculturalismo, sí, y viva la tolerancia, pero por favor, empezando por lo de casa. Si no es molestia.
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