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domingo, agosto 01, 2010

Toros y ecología

Aunque ya di mi opinión al respecto de la "Fiesta Nacional" aquí, la reciente decisión del parlamento catalán de prohibir las corridas de toros en su territorio creo que merece una revisión.

Como las cosas rara vez son blancas o negras, empezaré diciendo que lo ocurrido en Cataluña me parece democráticamente saludable: ha partido de una propuesta ciudadana, se ha debatido en el parlamento autonómico invitando a taurinos y detractores y en general se ha dado libertad de voto a los diputados. La crítica de que ante todo se trata de una decisión antiespañola la encuentro, cuando menos, discutible. Es cierto que siento bastante grimita cuando veo a los de las banderitas estrelladas gritar contra las corridas de toros, pero también hay mucha gente antitaurina fuera de Cataluña. Supongo que se han juntado el hambre de diferenciación nacionalista con las ganas de comer del ecologismo. Más grave me parece el hecho de que los partidos atiendan iniciativas populares y den libertad de voto para decidir sobre las corridas de toros y no cuando se trata del aborto, por poner un ejemplo. Pero este es otro tema que daría para mucho más que unas pinceladas.

Dicho esto, creo que el principal argumento a favor de las corridas de toros es precisamente la ecología. La fiesta de los toros, impacto económico aparte, mantiene un ecosistema único como es la dehesa y a la propia raza del toro bravo. Yo me pregunto si todos estos que vociferan y se mesan los cabellos porque un toro muera en la plaza han visitado una ganadería o han visto un documental.

Para empezar, en la lista de sufrimiento animal me parece que tendríamos que anteponer al ganado estabulado o a las gallinas que ponen huevos clase 2 o 3. El toro vive más y mejor que todos ellos, aunque tenga una muerte algo más larga (también sugiero una visita a un matadero). Como ya dije en mi anterior artículo, el único antitaurino consecuente es el vegetariano.

Last but not least, me gustaría saber qué proponen nuestros esforzados animalistas para el futuro del toro de lidia cuando todos seamos tan progresistas como ellos y se prohíban las corridas de toros en toda España. ¿Zoológico, Serengeti, extinción, subvención, taxidermia? ¿Prefieren al toro bravo extinto que toreado? Admito sugerencias.

En fin, el argumento de fondo es bastante similar al que puede darse en favor de la caza reglada. ¿Odia el cazador a su presa? Todo lo contrario. Ayuda a mantener su habitat y el propio equilibrio ecológico de las especies, alterado por el ser humano, antitaurinos incluidos. Sugiero la lectura de Miguel Delibes, pongo por caso. Los que creen que los taurinos no aman a los toros no han entendido nada. Y lo dice uno que no lo es.

P.D: las corridas de toros no están prohibidas en Canarias, aunque no las haya. Una mentirijilla muy extendida.

viernes, junio 22, 2007

Ay, torito guapo

Yo es que no escarmiento. Si hay una actitud irresponsable y perniciosa en Internet es dedicarte a leer los comentarios que deja el personal en los foros de la prensa digital. Lo que caracteriza a la Red, entre otras cosas, es que hasta el más pintado se puede meter en uno de estos sitios o hacer un blog y pontificar desde la más supina de las ignorancias. Incluso yo. Luego cierras tus sesudas aportaciones con "No a la guerra" o "Salud y república" y quedas como un rey, valga la contradicción.

La inteligencia ajena se merece un cierto respeto: documentarse, razonar con lógica, cuidar las formas. Ahora, en esta moda que siempre retorna de replantearnos nuestras presuntas esencias patrias, le toca el turno a las corridas de toros, antes Fiesta Nacional y ahora no se sabe muy bien qué. Verán ustedes: yo no soy taurino. He visto una corrida en mi vida - un festival benéfico - y un buen puñao de ellas por la tele. Digamos que el espectáculo, en su conjunto, me aburre, pero entiendo sus reglas básicas y no discutiré que le veo la estética a una buena faena. Lo gracioso de esta moda antitaurina es que la inmensa mayoría de los que se muestran furibundamente en contra no entienden ni papa de lo que pasa en un ruedo. Para ellos los toreros son asesinos y los aficionados unos desequilibrados carpetovetónicos que disfrutan de la tortura de un animal. O sea, según esto el fútbol son veintidós tíos en calzón corto pegando patadas a un cacho de cuero y una sinfonía son cien personas haciendo ruidos con trozos de metal y madera.

Los hechos estéticos son subjetivos. Entiendo que mucha gente no le encuentre la belleza por ningún lado a la lidia de un toro bravo o bien, aunque sí lo consiga, el espectáculo le resulte demasiado sangriento como para disfrutar de él. Lo veo razonable. Ahora bien, para ser antitaurino, lo que se dice antitaurino, lo único coherente es ser vegetariano. Me explicaré. Resumidamente, la vida de un toro bravo (macho) consiste en cuatro años de cuidados y aire libre más veinte minutos de muerte estresante y dolorosa. Se les cría para ello y por ninguna otra razón. O sea, el toro vive más y mejor que cualquier animal comestible con el que lo compares. Eso no admite muchas discusiones. En cuanto a su muerte, no la encuentro necesariamente peor que la de un centollo al que cocemos vivo, un cerdo acuchillado por la garganta hasta desangrarse, una oca con el hígado hipertrofiado o un atún asfixiado fuera del agua tras sacarlo con garfios de una almadraba. La diferencia está en que la muerte del toro la vemos y la del cerdo ibérico no.

Dicho esto, lo siguiente es aclarar que al toro no se le maltrata en el ruedo porque sí. Las puyas y las banderillas son necesarias para que se pueda llegar al último tercio en las condiciones adecuadas. Respecto a la suerte de matar, a esas alturas poco importa si lo mata el torero o se hace fuera de la plaza, porque el toro ya está medio muerto. Que es sangriento, sí. Que para mucha gente es desagradable, por supuesto. Que es una tortura sin sentido, radicalmente no, siempre y cuando - y me repito más que un bocadillo de chícharos - se tenga cierta apertura de mente para admitir que muchos ven arte y belleza en esa danza entre el toro y el torero.

Ecológicamente hablando, la supresión de las corridas de toros nos llevaría a interesantes disquisiciones. ¿Qué hacemos con el toro bravo? ¿Cogemos a un par de ejemplares de cada ganadería y los metemos en un zoológico? ¿Subvencionamos a los ganaderos para que conviertan sus dehesas en reservas naturales? ¿Nos llevamos a los toros a Doñana, a ver qué tal se integran? Lo divertido del caso es que algún antitaurino de pro me ha llegado a contestar sobre el particular argumentando que si el toro de lidia se tiene que extinguir, que se extinga, lo cual demuestra su preocupación por la especie. Otro más avispado ha ido más allá, razonando que a su jardín vienen los gorriones y nadie los cuida, y eso que seguro que no ha leído el Evangelio. Supongo que los efectos en el ecosistema de un bicho de seiscientos kilos con unos cuernos así de grandes serán algo más notables que el de un tierno pajarillo, pero para qué vamos a ponerle puertas al campo. Tampoco quiero yo pecar de intransigente.

En fin, Serafín. Spain is different. Incluso sin corridas de toros.