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miércoles, enero 16, 2008

"El libro ilimitado". Antonio Muñoz Molina

El País, 15-12-2007

Voy en el metro a media mañana camino de una de mis librerías más queridas de Madrid y aunque llevo abierto el periódico miro de soslayo con un gesto reflejo cada vez que entra en el vagón alguien con un libro en las manos. No siempre es fácil identificar su título, y hay que tener mucho cuidado para que la curiosidad no se confunda con la metijonería. Es como ser un mirón digno que por nada del mundo quiere verse metido en un trance embarazoso. El libro está a veces en una posición casi horizontal, para que reciba mejor la luz del techo, y no es cuestión de adelantar la cabeza y torcer el cuello queriendo mirar la cubierta desde abajo. ¿Cuál será ese libro de bolsillo tan grueso del que no ha apartado los ojos ni siquiera al dar una zancada desde el andén ese lector que acaba de sentarse frente a mí? Lo ha doblado por la mitad, con riesgo de descuadernarlo, lo aprieta como estrujándolo entre las dos manos. Es un joven de veintitantos años con el pelo encrespado de rizos casi africanos, sin afeitar, con una mochila pequeña a la espalda. Da la impresión de que se levantó de la cama con el libro en la mano y que pasó así con él delante del espejo del baño.
Mantengo la vigilancia mientras leo el periódico. El titular de la primera página es el desastre de los índices escolares de lectura en España. Sólo hace unos días la enigmática ministra de Educación aseguró que ella no ve ningún problema en que los chicos usen el teléfono móvil mientras están en clase. La enseñanza pública se deteriora irreparablemente en España gracias a una conspiración de ignorancia tramada desde hace años por la chusma política y la secta pedagógica y las autoridades ya tienen un culpable: el franquismo. Quién si no. Como mi tierra natal está incluso a la cola del desastre leo que la consejera de Educación de la Junta de Andalucía ha descubierto una causa todavía más lejana: nuestro atraso histórico. A ellos, los socialistas que llevan gobernando en Andalucía un cuarto de siglo, que los registren. Pienso en mis maestros, los que me enseñaron contra viento y marea a leer y a escribir y a amar el conocimiento en años de oscurantismo y pobreza; pienso en tantos profesores vocacionales y derrotados que conozco, en las cartas despectivas o perdonavidas o del todo insultantes de pedagogos y expertos, de enchufados de diverso pelaje, que he recibido sin falta cada vez que he escrito sobre las quejas amargas de mis amigos profesores y sobre lo que yo estaba descubriendo con mis propios ojos con sólo hojear los libros de texto de mis hijos y escuchar las historias que me contaban al volver de la escuela.
A los expertos, a los gurús de la jerga psicopedagógica y a los enchufados no les cabía la menor duda: los que alertábamos sobre la degradación de la enseñanza nos habíamos vuelto de derechas y no sabíamos nada, no entendíamos de nada. Ellos sí que entendían: a la vista están los resultados. Cierro el periódico con asco y el hombre joven que leía frente a mí levanta los ojos de su libro. A mi atención de espía le basta un segundo para descubrir el título: es el Viaje al fin de la noche. Ahora parece evidente que el aire de ligero trastorno que tenía ese hombre desde que entró en el vagón procedía de la lectura de Céline. Vamos en el mismo tren de la línea 4 pero su viaje es mucho más hondo y más terrible, un descenso de fiebre por los espantos del mundo. Yo voy por los túneles del metro de Madrid y por el presente inmediato y más bien desolado del periódico: él por las trincheras de la guerra, por la miseria de los suburbios proletarios de París, por el Nueva York futurista de los años veinte, por las tinieblas coloniales del Congo que ya había roturado para la literatura Joseph Conrad.
Ahí lo dejo, sumergido en el libro, continuando su viaje, con su barba de varios días y su mochila de vagabundo celineano. ¿Cuántos lectores como él no llegarán a existir gracias a la gran conjura de los necios y de los comisarios políticos que ha asolado la educación española? Pero no se trata sólo de esa embriaguez, del dulce vicio que le acompaña a uno en la soledad y le hace gratos los minutos de un viaje en el metro: mucho más grave es que la escuela esté fracasando en su tarea de despertar en cada uno sus mejores facultades, de actuar como palanca de progreso social. ¿Qué porvenir laboral tiene un hijo de trabajador o de inmigrante que a los quince años no es capaz de comprender un párrafo de tres líneas? ¿Qué podrá aprender sobre la complejidad del mundo y la de su propia alma quien no cuenta con la luz de las palabras escritas? El nivel cultural y académico de los padres es factor decisivo, asegura el periódico. Subiendo por las escaleras del metro me pregunto con ira y dolor qué habría sido de mí, de tantos de nosotros, si no hubiera sido por la escuela y por el instituto. Nuestros padres, niños en la guerra, escribían y leían con dificultad. En nuestras casas, donde había tan poco, mal podía haber libros. La escuela nos hizo lo que somos.
Soy lo que he leído. Me gano la vida gracias a que existen lectores. En el escaparate de la librería distingo con expectación impaciente el libro que vengo buscando. Verlo me da tanta felicidad como descubrir en un escaparate de la infancia la cubierta en colores de una novela de Julio Verne. Son Los ensayos de Montaigne que acaba de publicar Acantilado, editados y traducidos admirablemente por Jordi Bayod Brau. Muy pronto el gozo de las manos se añade al de la mirada: sopeso el volumen, paso los dedos por su tapa tan sólida, lo abro y rozo las páginas con las yemas de los dedos, y al hacerlo percibo un olor exquisito de papel y de tinta. Por cualquier página que se abra este libro ilimitado se reconocerá la voz sabia y serena, la inteligencia irónica y voluble, la curiosidad entre erudita y chismosa de aquel hombre feliz que se retiró hace más cuatro siglos a escribir y a leer en la biblioteca circular de su torre. Como Cervantes o Shakespeare si empezamos a leerlo nos acompañará a lo largo de toda nuestra vida, y a medida que pase el tiempo y sigamos leyendo nos enseñará cosas que ni siquiera habíamos sospechado en las primeras lecturas. Como el señor don Quijote de la letanía de Rubén el señor de Montaigne nos asistirá en nuestra diatriba contra los fanáticos y los propagadores de la ignorancia, contra los sinvergüenzas, contra los estafadores de la jerga psicopedagógica, contra los políticos que sólo pueden eternizarse en su parasitismo gracias a una ciudadanía analfabeta y embotada. En el viaje de vuelta soy yo quien entra en el vagón del metro con la nariz hundida en el libro, quien se queda tan absorto leyendo a Montaigne que cuando levanta los ojos descubre que se ha pasado de estación. -

viernes, junio 22, 2007

Ay, torito guapo

Yo es que no escarmiento. Si hay una actitud irresponsable y perniciosa en Internet es dedicarte a leer los comentarios que deja el personal en los foros de la prensa digital. Lo que caracteriza a la Red, entre otras cosas, es que hasta el más pintado se puede meter en uno de estos sitios o hacer un blog y pontificar desde la más supina de las ignorancias. Incluso yo. Luego cierras tus sesudas aportaciones con "No a la guerra" o "Salud y república" y quedas como un rey, valga la contradicción.

La inteligencia ajena se merece un cierto respeto: documentarse, razonar con lógica, cuidar las formas. Ahora, en esta moda que siempre retorna de replantearnos nuestras presuntas esencias patrias, le toca el turno a las corridas de toros, antes Fiesta Nacional y ahora no se sabe muy bien qué. Verán ustedes: yo no soy taurino. He visto una corrida en mi vida - un festival benéfico - y un buen puñao de ellas por la tele. Digamos que el espectáculo, en su conjunto, me aburre, pero entiendo sus reglas básicas y no discutiré que le veo la estética a una buena faena. Lo gracioso de esta moda antitaurina es que la inmensa mayoría de los que se muestran furibundamente en contra no entienden ni papa de lo que pasa en un ruedo. Para ellos los toreros son asesinos y los aficionados unos desequilibrados carpetovetónicos que disfrutan de la tortura de un animal. O sea, según esto el fútbol son veintidós tíos en calzón corto pegando patadas a un cacho de cuero y una sinfonía son cien personas haciendo ruidos con trozos de metal y madera.

Los hechos estéticos son subjetivos. Entiendo que mucha gente no le encuentre la belleza por ningún lado a la lidia de un toro bravo o bien, aunque sí lo consiga, el espectáculo le resulte demasiado sangriento como para disfrutar de él. Lo veo razonable. Ahora bien, para ser antitaurino, lo que se dice antitaurino, lo único coherente es ser vegetariano. Me explicaré. Resumidamente, la vida de un toro bravo (macho) consiste en cuatro años de cuidados y aire libre más veinte minutos de muerte estresante y dolorosa. Se les cría para ello y por ninguna otra razón. O sea, el toro vive más y mejor que cualquier animal comestible con el que lo compares. Eso no admite muchas discusiones. En cuanto a su muerte, no la encuentro necesariamente peor que la de un centollo al que cocemos vivo, un cerdo acuchillado por la garganta hasta desangrarse, una oca con el hígado hipertrofiado o un atún asfixiado fuera del agua tras sacarlo con garfios de una almadraba. La diferencia está en que la muerte del toro la vemos y la del cerdo ibérico no.

Dicho esto, lo siguiente es aclarar que al toro no se le maltrata en el ruedo porque sí. Las puyas y las banderillas son necesarias para que se pueda llegar al último tercio en las condiciones adecuadas. Respecto a la suerte de matar, a esas alturas poco importa si lo mata el torero o se hace fuera de la plaza, porque el toro ya está medio muerto. Que es sangriento, sí. Que para mucha gente es desagradable, por supuesto. Que es una tortura sin sentido, radicalmente no, siempre y cuando - y me repito más que un bocadillo de chícharos - se tenga cierta apertura de mente para admitir que muchos ven arte y belleza en esa danza entre el toro y el torero.

Ecológicamente hablando, la supresión de las corridas de toros nos llevaría a interesantes disquisiciones. ¿Qué hacemos con el toro bravo? ¿Cogemos a un par de ejemplares de cada ganadería y los metemos en un zoológico? ¿Subvencionamos a los ganaderos para que conviertan sus dehesas en reservas naturales? ¿Nos llevamos a los toros a Doñana, a ver qué tal se integran? Lo divertido del caso es que algún antitaurino de pro me ha llegado a contestar sobre el particular argumentando que si el toro de lidia se tiene que extinguir, que se extinga, lo cual demuestra su preocupación por la especie. Otro más avispado ha ido más allá, razonando que a su jardín vienen los gorriones y nadie los cuida, y eso que seguro que no ha leído el Evangelio. Supongo que los efectos en el ecosistema de un bicho de seiscientos kilos con unos cuernos así de grandes serán algo más notables que el de un tierno pajarillo, pero para qué vamos a ponerle puertas al campo. Tampoco quiero yo pecar de intransigente.

En fin, Serafín. Spain is different. Incluso sin corridas de toros.

miércoles, septiembre 13, 2006

Rubianes como paradigma

El caso Rubianes es el colmo de la obviedad de cómo funciona la opinión pública en España de un tiempo a esta parte. Si alguien no sabe de qué va el rollo, le sugiero que visite El Protestón o busque en Google, pero podemos resumirlo por oposición. Imaginemos que un artista de derechas hace una entrevista en Telemadrid. Bueno, por partes: imaginemos primero un artista de derechas, qué se yo, inspírese usted en Charlton Heston. Como decía, supongamos que en la entrevista imaginaria, por algún ignoto motivo, el entrevistador le preguntara su opinión sobre el Estatut, y la respuesta del artista -al que llamaremos, por ejemplo, Pepe Rufianes - fuera algo así como "me cago en la puta Cataluña, que se metan el estatuto por donde les quepa y que les revienten los cojones" (estoy citando aproximadamente de memoria, pero se parece bastante). Si ya se les ha hecho el cuerpo al asunto, supongamos que el mentado Pepe Rufianes tiene un espectáculo titulado "Todos somos Muñoz Seca" que pretende representar en un teatro público de Barcelona.

Ahora, algunas preguntitas:
  • ¿Cree usted que algún teatro de titularidad pública en Cataluña le permitiría representar la obrita de marras?
  • Suponiendo respuesta afirmativa a la primera pregunta, y con los precedentes de los boicots "antifascistas" a conferencias de Savater, Arcadi Espada, etc. en la universidades catalanas, ¿cree usted que Pepe Rufianes podría representar la obra sin peligro de su físico?
  • ¿Cree usted que los catalanes verían bien que se utilizara su dinero para sufragar la función del Rufianes?
  • ¿Ve probable que CC.OO. de Barcelona le ofreciera su salón de actos para subsanar el hipotético veto?
  • ¿Cuántos de nuestros preclaros columnistas defenderían a Rufianes en nombre de la libertad de expresión?
  • ¿Supone usted que el PP de Madrid llevaría pegatinas diciendo "Todos somos Rufianes"? ¿O que dijera que criticar a Rufianes es "un acto de fobia a España"?
  • ¿Piensa usted que serviría como justificación que Rufianes se disculpara explicando que "donde dije la puta Cataluña no me refiero a toda Cataluña, sino sólo a la de los nacionalistas y a los fascistas de izquierda que en ella gobiernan, la que mató a Muñoz Seca y a Ramiro de Maeztu?"

Cada uno que se autoresponda el cuestionario y llegue a una conclusión. Sin acritud y sin alterarse demasiado, ya lo hago yo por usted.

P.D: lo más gracioso de todo es que no ha sido Gallardón el que ha vetado a Rubianes en el teatro Español, sino Rubianes el que ha retirado la obra voluntariamente. Toma del frasco, Carrasco.

lunes, agosto 14, 2006

Otra televisión era posible

Dos de las pocas cosas que he sacado en claro con la TDT son una emisora musical que tiene un pasar llamada Fly Music y el Canal 50 de TVE, o sea, emisión continua del archivo de TVE desde su creación. Yo desde aquí sugeriría que le den la jubilación anticipada a todo el personal de la cadena pública por excelencia y sólo dejen a tres tíos en turnos de ocho horas poniendo un video del archivo. Bueno, a cuatro, para que se puedan ir de vacaciones y caer enfermos.

Anoche me encontré con una entrevista de Terenci Moix a Lauren Bacall, allá por 1989. Lo primero que me llamó la atención es que ambos hablaban un inglés perfecto. Bueno, lo de Bacall no tenía mérito, lo digo por el entrevistador. Lo segundo, que hablaron de Bette Davis, de Bogart, de Broadway, de la carrera de la entrevistada y de cine en general. ¿Pero dónde se ha visto eso? ¿Una actriz hablando de cine? Pues sí. No salió el tema de la paz mundial, ni del capitalismo salvaje, ni de Castro como referente intelectual del artista comprometido. Los muy inconscientes hablaron de cine.

No repuesto aún de mi sorpresa de que hace unos añitos se hiciera programación asequible al cerebro medio, en el cierre de la entrevista - no sé en calidad de qué puesto que no vi el principio - aparece Miguel Bosé a despedirse de la diva ("such a beauty", dijo la Bacall) y decirle lo mucho que la admiraba ... en un inglés aún mejor que el de Terenci Moix. Tanto es así que la chica (es una forma de hablar) dijo que le gustaría quedarse para siempre en el programa. También lo pensé yo.

Sigo. En la misma emisora, hace unos días, un concierto de Mecano de mediados de los 80. Sin cortes. Ayer, otro de Supertramp. También he tenido el gusto de ver una de aquellas "aventuras" de Los Payasos de la Tele. Quince minutos de comedia ligera. Con buenos actores. Sin escucharse en ningún momento "tío", "guay", "mis viejos", "mola", "no te enrolles". El problema es que hoy día la inmensa mayoría de los niños no las entendería. Y eso es lo que más me sorprendió: nosotros nos reíamos mucho con este programa, luego el mobiliario de nuestra cabecita daba para ello. ¿Qué ha tenido que cambiar para llegar a la basura para oligofrénicos que hacen pasar hoy por programación infantil?

Y remato: durante el torneo Wimbledon de este año, el cronista de El Mundo comentaba que había visto un debate en la BBC donde estaban Federer, Nadal, McEnroe, Connors y algunos otros. Hablaron - ¡oh! - de tenis. Imagínense lo que pudo dar de sí la charla, analizándose mutuamente y recordando cómo era el juego de entonces comparado con el actual. Porque los deportistas piensan. Aquí lo único que sabemos de ellos es que "el partido es muy complicado, voy a salir a darlo todo" en un suelto de diez segundos entre noticias del Madrid, del Barcelona y de la última novia de Ronaldo. O lo que digan en un anuncio de Cola-Cao.

En fin, podría seguir. Dicen que cualquier tiempo pasado fue mejor. A eso añadiría que (casi) cualquier lugar presente del mundo desarrollado también lo es, hablando de la televisión española. Que es exactamente la que nos merecemos.

jueves, noviembre 17, 2005

Chaos and Creation at the Backyard

A todos los fans de los Beatles vengo a a anunciaros una Buena Nueva (ya me está saliendo la vena clerical ;-): no os perdáis el último disco de McCartney.

Este disco tiene efecto levadura, a saber: crece, crece y crece con cada escucha. La primera vez lo oí de pasada en el coche, con quien me lo regaló. Mi conclusión fue: dos temas bastante buenos y el resto agradable. En la segunda, pensé: dos obras maestras, tres canciones magníficas y el resto agradable. Después de haberlo escuchado muchas veces, mi conclusión es: varias obras maestras, varios temas magníficos y un par de temas agradables. Más otra propiedad: se puede escuchar una y otra vez sin que canse el oído.

En el apartado técnico, comentaros que el productor es el mismo de Beck, Radiohead o Travis: Nigel Godrich. Se lo recomendó George Martin al propio McCartney, que se dio cuenta de que todos los discos producidos por él le gustaban y no lo dudó. Por otra parte, el criterio de selección dicho por él mismo fue: "Sencillamente, Nigel y yo fuimos escogiendo aquellos temas que nos apetecía volver a escuchar una y otra vez". Y a fe que lo consiguieron.Como curiosidad, Paul toca todos los instrumentos a excepción de alguno raro y de los arreglos orquestales. Las letras confluyen casi todas en un mismo punto: "a estas alturas de mi vida no esperaba encontrarme alguien como tú" (su actual mujer, Heather Mills).Honestamente, pienso que es el mejor disco de McCartney de los últimos veinte años, como poco, y probablemente el mejor desde que se acabaron los Beatles. Sé que es mucho decir pero es lo que pienso.

Si a alguien se le ha abierto el apetito y quiere probar un poco del pastel antes de comprarlo - aquí nadie piratea, ¿verdad :-D? - escuchad "Jenny Wren" (el nuevo "Blackbird" casi cuarenta años después) o "English tea". Si sois fans de los cuatro magníficos, saldréis escopetados a vuestra tienda de discos. El talento, cuando es de verdad, produce sorpresas como ésta. Parafraseando las propias letras de Paul, diría que a estas alturas de su vida no le esperaba un disco como éste.

Hay algo que McCartney conserva, y que en el fondo es la marca de agua de toda su producción, de la de los Beatles y de otros grandes mitos como Byrds, Eagles, Queen ... El sentido de la melodía. El huir de las cuatro progresiones de acordes típicas sostenidas sobre unas cuantas notas consabidas. La capacidad de sorprender, de emocionar, de que la música diga algo. De eso en España andamos cortitos. "Long live sir Paul", pues.

Qué hermosa es la música cuando es hermosa.

domingo, julio 03, 2005

Carlos Boyero

No sé si han tenido ocasión de leer los encuentros digitales que El Mundo dedica cada jueves a Carlos Boyero. Si no, yo se los recomiendo. Este muchacho tiene lo que podríamos denominar un saber enciclopédico: ha leído todos los libros, escuchado todos los discos y visto todas las películas que imaginarse puedan. Cada semana algún friki del cine islandés o bohemio aficionado a la poesía erótica persa le pregunta por alguna de sus joyas y - salvo raras excepciones - el guru le responde y tiene pinta de saber de lo que habla.

Lo que hace más atractivo al personaje para sus muchos admiradores es que combina su vasta cultura con una cierta pose de malditismo, de comentarista "free-lance" de vuelta de todo y una muy considerable dosis de mala leche. Todo eso le encanta a la gente, que acude a su encuentro semanal con la reverencia del catecúmeno de lo políticamente incorrecto-correcto (consultar mi artículo "La imprescindible incorrección política" por si alguien tiene curiosidad por saber a qué me refiero).

Existen cierto número de preguntas tipo, que podríamos dividir en tres grupos principales: los que piden un consejo, los que esperan que Boyero les confirme que sus gustos o sus ideas en general coinciden con los suyos propios y finalmente los que tratan de sacarlos de sus casillas (que podríamos situar en el segundo grupo por oposición). En el citado segundo grupo entran los - perdónenme la expresión - chupapollas, los que le pasan virtualmente la mano por el hombro al sumo pontífice y le susurran, por ejemplo, "qué guays somos los que odiamos esta podrida sociedad burguesa mientras se nos va la VISA en coca, ¿verdad, Carlitos?". Leer los encuentros cada jueves son un interesante ejercicio tan sociológico como intelectual.

El señor Boyero, por demás, es la viva demostración de que la cultura y el sectarismo no sólo no son incompatibles sino que pueden llegar a complementarse mutuamente. Lo que más le gusta a sus fans es leerle desbarrar de sus muñecos de pim-pam-pum favoritos: los obispos, Garci, el PP o Pumares. Les pongo un botón de muestra de esta semana:

9. ¿No te parece que existe otra derecha aparte de la cavernaria, de sacristía, grosera y cainita que tanto nos da el coñazo?, me refiero a personas como Roca Junyent, Josep Piqué, Herrero y Rodríguez de Miñón, Durán y Lleida...

He oído muchas veces hablar de la derecha civilizada, pero no la he conocido nunca, aunque como eufemismo y abstracción resulta muy atractivo. Por supuesto que existe gente cultivada y con modales en la derecha. Pero deben de pasar su vida en la clandestinidad, porque se les ve muy poco en la vida pública.


Pero hombre, Carlitos, que hace unos meses te preguntaron qué te gustaría hacer antes de morirte y dijiste "matar a un obispo, a un banquero y a un general". Si eso no es cavernario y cainita, que venga Dios (en todo caso de existencia) y lo vea. Por lo demás, yo mismo tengo unos modales apropiados y aunque mi autocultivo no iguala ni lejanamente al tuyo, tengo un pasar. No sé si seré de derechas - las estupideces como la anterior no las comparto, al menos - pero lo que puedo confirmarte es que no soy un eufemismo abstracto.

En el fondo es la envidia la que me corroe: vives como un rey, dices lo que te sale de los mismos y encima te pagan una barbaridad por ello. Cualquier día te escriben tus coleguitas una hagiografía que se titule "Pero mira que eres canalla, Boyero". Pero vamos, para malditos, lo que se dice malditos, todos los pringaos que nos levantamos a las seis y media de la mañana, tenemos hipoteca hasta el 2020 y una nómina perfectamente controlada por el Ministerio de Hacienda. A tus pies me postro, Abel.