viernes, junio 22, 2007

Ay, torito guapo

Yo es que no escarmiento. Si hay una actitud irresponsable y perniciosa en Internet es dedicarte a leer los comentarios que deja el personal en los foros de la prensa digital. Lo que caracteriza a la Red, entre otras cosas, es que hasta el más pintado se puede meter en uno de estos sitios o hacer un blog y pontificar desde la más supina de las ignorancias. Incluso yo. Luego cierras tus sesudas aportaciones con "No a la guerra" o "Salud y república" y quedas como un rey, valga la contradicción.

La inteligencia ajena se merece un cierto respeto: documentarse, razonar con lógica, cuidar las formas. Ahora, en esta moda que siempre retorna de replantearnos nuestras presuntas esencias patrias, le toca el turno a las corridas de toros, antes Fiesta Nacional y ahora no se sabe muy bien qué. Verán ustedes: yo no soy taurino. He visto una corrida en mi vida - un festival benéfico - y un buen puñao de ellas por la tele. Digamos que el espectáculo, en su conjunto, me aburre, pero entiendo sus reglas básicas y no discutiré que le veo la estética a una buena faena. Lo gracioso de esta moda antitaurina es que la inmensa mayoría de los que se muestran furibundamente en contra no entienden ni papa de lo que pasa en un ruedo. Para ellos los toreros son asesinos y los aficionados unos desequilibrados carpetovetónicos que disfrutan de la tortura de un animal. O sea, según esto el fútbol son veintidós tíos en calzón corto pegando patadas a un cacho de cuero y una sinfonía son cien personas haciendo ruidos con trozos de metal y madera.

Los hechos estéticos son subjetivos. Entiendo que mucha gente no le encuentre la belleza por ningún lado a la lidia de un toro bravo o bien, aunque sí lo consiga, el espectáculo le resulte demasiado sangriento como para disfrutar de él. Lo veo razonable. Ahora bien, para ser antitaurino, lo que se dice antitaurino, lo único coherente es ser vegetariano. Me explicaré. Resumidamente, la vida de un toro bravo (macho) consiste en cuatro años de cuidados y aire libre más veinte minutos de muerte estresante y dolorosa. Se les cría para ello y por ninguna otra razón. O sea, el toro vive más y mejor que cualquier animal comestible con el que lo compares. Eso no admite muchas discusiones. En cuanto a su muerte, no la encuentro necesariamente peor que la de un centollo al que cocemos vivo, un cerdo acuchillado por la garganta hasta desangrarse, una oca con el hígado hipertrofiado o un atún asfixiado fuera del agua tras sacarlo con garfios de una almadraba. La diferencia está en que la muerte del toro la vemos y la del cerdo ibérico no.

Dicho esto, lo siguiente es aclarar que al toro no se le maltrata en el ruedo porque sí. Las puyas y las banderillas son necesarias para que se pueda llegar al último tercio en las condiciones adecuadas. Respecto a la suerte de matar, a esas alturas poco importa si lo mata el torero o se hace fuera de la plaza, porque el toro ya está medio muerto. Que es sangriento, sí. Que para mucha gente es desagradable, por supuesto. Que es una tortura sin sentido, radicalmente no, siempre y cuando - y me repito más que un bocadillo de chícharos - se tenga cierta apertura de mente para admitir que muchos ven arte y belleza en esa danza entre el toro y el torero.

Ecológicamente hablando, la supresión de las corridas de toros nos llevaría a interesantes disquisiciones. ¿Qué hacemos con el toro bravo? ¿Cogemos a un par de ejemplares de cada ganadería y los metemos en un zoológico? ¿Subvencionamos a los ganaderos para que conviertan sus dehesas en reservas naturales? ¿Nos llevamos a los toros a Doñana, a ver qué tal se integran? Lo divertido del caso es que algún antitaurino de pro me ha llegado a contestar sobre el particular argumentando que si el toro de lidia se tiene que extinguir, que se extinga, lo cual demuestra su preocupación por la especie. Otro más avispado ha ido más allá, razonando que a su jardín vienen los gorriones y nadie los cuida, y eso que seguro que no ha leído el Evangelio. Supongo que los efectos en el ecosistema de un bicho de seiscientos kilos con unos cuernos así de grandes serán algo más notables que el de un tierno pajarillo, pero para qué vamos a ponerle puertas al campo. Tampoco quiero yo pecar de intransigente.

En fin, Serafín. Spain is different. Incluso sin corridas de toros.

2 comentarios:

Lydia dijo...

La cosa sea dicha, odio los toros, es una expresión de nuestra cultura de la que no me siento nada orgullosa como española, me parece sangrienta y es cierto que puede parecer absolutamente innecesaria.
Sin embargo creo que no debería perderse, por la mayoría de razones que has expuesto y que comprendí desde la primera vez que me las explicaron, a las que añadiría que se perdería el principal testigo (para mí) de nuestra riqueza cultural, la que nos deja patente la antigüedad de la misma.

A las personas que se les escucha decir que es una fiesta obsoleta y primitiva...no me parece más primitivo que (por ejemplo) prender fuego a cosas en pleno centro de Valencia, a lo sumo, igual.

biologo dijo...

el razonamiento es científicamente erroneo. el "toro de lidia" o "toro bravo" no se corresponde con ninguna espécie ni raza diferenciada de Bos taurus. Pra hacerlo gráfico seria el resultado de diversos cruces genéticos a libre albeedrio de cada ganaderia, de manera que ni se parecen entre si, ni se parecen a los que habia antes ni a los que habrá en el futuro.
saludos